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El 20 de marzo, Humberto Ortega escribió en un artículo publicado en la página de opinión de El Nuevo Diario, que el acuerdo de paz de Sapoá sellaba la derrota de Reagan, en 1988.

En realidad, la guerra terminó dos años después, cuando fueron derrotados los sandinistas en las elecciones de 1990, y se desmovilizan, entonces, 20 mil contras.

En Nicaragua, luego de más de 38 mil muertos y del colapso total de la economía, en la década perdida del poder sandinista, con su enorme cuota de sufrimiento para la juventud, podemos decir con enorme tristeza: “La montaña ha parido un ratón”.

Sapoá se desarrolla en la etapa final de un proceso trágico, de mucho sufrimiento para los sectores medios, para los obreros y para los campesinos de esta nación (no para Reagan ni para la burocracia), que culmina en 1990, con la derrota electoral de Daniel Ortega; y con la descomposición vergonzosa de la piñata, que sustituyó la muerte física de los sandinistas por una muerte política, ética y moral, cuando el movimiento sandinista se dispersó, fuera del poder, con un botín personal confiscado en propio provecho, que los nicaragüenses aún pagan en concepto de indemnizaciones a 16 mil propietarios, bajo el rubro de deuda interna, con fondos por un valor de mil millones de dólares, que se deja de invertir en crecimiento económico y en ayuda social.

Ciertamente, la sobrevivencia del EPS, conseguida en Sapoá, garantizaba la sobrevivencia física de los cuadros sandinistas echados del poder. El Protocolo de Transición garantizaba la impunidad de la piñata.

Es comprensible, que para alguien al frente de la burocracia, ese objetivo tenga un carácter estratégico propio, y que el mismo sea visto –como del resto todo lo que concierne a su bienestar- como una conquista nacional. Aunque para cualquiera, el país se desangraba y caía en la miseria, mientras una casta de carácter totalitario, gozaba de inmensos privilegios, y de la capacidad de saqueo.

Con el Servicio Militar Patriótico, la burocracia arrancaba los jóvenes a sus padres, para usarlos en la guerra a ojos cerrados, sin importar las bajas, con el fin de lograr golpes de propaganda militar que vendiesen a mejor precio la rendición estratégica, en el plano político (ante la 82 división del ejército norteamericano, como convidado de piedra).

Si se profundiza la paz de Sapoá, se debe desentrañar la naturaleza política del enfrentamiento, de cara a la nación y a su economía (dado que los ciudadanos decantaban un programa al margen de la contienda, en el cual, ninguno de los bandos militares desempeñaba un rol).

La paz, en este caso, no se firma por patriotismo, sino, porque las condiciones materiales no soportaban la continuidad de la guerra, y porque quienes más se debilitaban políticamente eran los sandinistas.

La política y la guerra cruzan sus fronteras, con métodos propios en cada caso, pero, con miras a consolidar un poder y un proyecto político. Dos años después de Sapoá, desaparece tanto el poder como el proyecto sandinista, con una bancarrota política y ética. Por último, la derrota llega al propio Ortega, que como amenaza al orden político naciente, fue obligado a salir del ejército, en contra de su voluntad, en 1995.

El marxismo, como método, más que para un análisis histórico, se usa para definir cómo transformar la correlación de fuerza entre las clases sociales, a favor de los trabajadores. Desde este ángulo, la década del gobierno sandinista produjo un retroceso histórico de los trabajadores, lo que ha permitido la aplicación más cruda de un programa neoliberal, sobre todo, ahora, que Daniel Ortega ejerce el poder de forma absoluta con el COSEP, con el agravante de sancionar el aborto terapéutico en el Código Penal.

Viendo la historia como un proceso objetivo, la realidad da un valor decisivo a la bancarrota económica del país que causa el sandinismo, como expresión retrógrada esencial de la sociedad que pierde conquistas democráticas de carácter nacional, de modo, que se reduce el sustento material a los derechos ciudadanos, con peores condiciones culturales de productividad, de vida y de trabajo.

Desde esta óptica, las enseñanzas que Ortega extrae de Sapoá, resultan infantilmente subjetivas, ante un proceso ininterrumpido de carácter retrógrado, asociado al absolutismo del sandinismo actual que conduce a un Estado fallido, por la descomposición interna, por la debilidad competitiva y por el desperdicio del capital humano. Este proceso mafioso, globalizante, constituye una amenaza peor, para la nacionalidad, que la intervención norteamericana que derivó en somocismo.

 

* Ingeniero eléctrico