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En los barrios bajos de Buenos Aires se lo miraba entresemanas ofreciendo esa comodidad espiritual que solo alguien iluminado puede proporcionar. Era una rutina mundanamente divina: oraba mucho, preparaba su desayuno y, con el Jesús en la boca, se dirigía hacia esos tugurios de estucos y polímeros donde esta metrópolis esconde la indigencia y lo cerril de su cultivada sociedad. Viajaba en metro, en bus o en lo que fuera, porque le urgía llegar a los desamparados con la velocidad de Dios. Ese era el padre Jorge, el cura de los extramuros. Más correcto, Jorge Mario Bergoglio. Con más respeto, el ahora Papa Francisco.

Pero después de toda la cacería mediática por coger la primicia, del aparataje protocolario del cónclave y de los vítores de los católicos por su escogencia, sobre todo de los argentinos, solo queda la especulación del porvenir de este papado.

Todos saben ya que Francisco proviene de la clase media, de padre italiano y madre argentina. Que se cruzó en su adolescencia con un régimen peronista, al que confrontó ideológicamente; y que fue, como todo joven, a la escuela laica, donde se formó como técnico, pero a los 21 años se introdujo a los meandros apretados, beatos y abstemios del sacerdocio. Y luego ascendió, a paso descalzo, por todas las estancias del clero, hasta la máxima cúspide de primado.

Lo que ignoramos es el por qué la elección de un cardenal latino y jesuita. La respuesta es sencilla, como él. Ya nadie quiere ser sacerdote en Europa. Un ejemplo basta: en un monasterio británico, donde se recibían anualmente 200 postulaciones para sacerdocio, en 2013 solo llegaron catorce. Una disminución “significativa” (léase alarmante) que proyecta una agonía prematura del catolicismo.

Pero hay más continentes. Entonces, ¿por qué no se eligió un purpurado africano? Poco culto y resonancia tiene el catolicismo en este genésico lugar lleno de tribus y dioses. Tan insuficiente, que la lucha de los curas africanos contra el sida proponiendo la abstinencia como método de seguridad no fructifica. ¿Y un asiático? Este continente está lleno de bestiarios y pocos altares. Además, ya están muy claros de lo que creen y lo que quieren.

Entonces es lógico que el Vaticano apuntara a la mejor reserva de fieles: América. Por lo tanto designó al argentino en la quinta votación, lo que demuestra que demasiado pronto los prelados se pusieron de acuerdo en salvar la religión anclándola en la utópica tierra perennemente marginada por su escaso desarrollo. Una colectividad ingenua que cree siempre en las cuentas de vidrio necesita de una simplicidad atractiva. Y esa la representa Bergoglio, el cardenal de bajo perfil que desea que le llamen padre, que prefiere lo espontáneo a lo elaborado, que viaja en transporte público y que mantiene una estrecha relación con los desposeídos.

Aunque eso solo es superficial, pues con suspicacia encontraremos otras razones. El caso de los curas pedófilos en EU los eliminó de antemano, y aflojó la fe católica en ese país y en Canadá. El cardenal brasileño no era papable porque en términos generales, Brasil es casi un extraño en América. Y si bien concentra una población numerosa, se necesita de los más de 100 millones que hablan español.

Así que Bergoglio, segundo en las apuestas del cónclave pasado, apareció otra vez. Y la mayoría le dio el aprobado. Porque él, además de su imagen sencilla, posee la ortodoxia de la férrea línea vaticana. Antifeminista de primera, concede a la mujer el mismo papel que una mascota a la par del hombre. Y se opone denodadamente al matrimonio homosexual, cuanto más a la adopción de niños por estas parejas.

Es obvio que la selección de Francisco ha sido tasada hábilmente para maquillar toda la gazmoñería de esta basáltica religión y mostrárnosla rutilante. Pero si este Papa sigue siendo el mismo cardenal anti-todo, la frase no atea de Nietzsche se acrecentará: “Dios ha muerto”.

 

* Periodista y docente universitario