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Cualquiera que sea el desenlace de la tercia entre el gobierno y el sector privado por la pretensión del ente regulador de las telecomunicaciones (TELCOR), de incidir de manera absoluta en el nombramiento de los principales cargos directivos y gerenciales de las empresas privadas que operan en ese sector tan sensitivo, no cabe duda que el intento es parte de la lógica del poder total, o totalitario, con la que Ortega ha venido operando desde que regresó al gobierno.

Una decisión que viola tantas normas constitucionales y de la legislación ordinaria y administrativa, no pudo publicarse sin expresa aprobación al más alto nivel del inconstitucional gobierno de Ortega. Esto es obvio.

Lo que no resulta tan obvio es que aunque la decisión se revierta, y ojalá así sea, no estamos ante un simple conflicto entre gobierno y el sector empresarial, sino ante una de las derivaciones de la lógica de acumulación de poder de Ortega en todos los campos. Si la decisión se revierte, el simple amago revela la dinámica de poder que enfrentamos, y nuevas iniciativas vendrán, o la misma cuando se crea hay mejores condiciones. El Orteguismo no es más un proyecto político-ideológico en el sentido tradicional, de izquierda o derecha, sino un proyecto de poder por el poder, de poder por el dinero y de dinero por el poder. Es un proyecto Copérnico, en el cual todo gira y se hace en función del centro, es decir de Ortega.

En ese sentido, ojalá que este caso sirva para clarificar a toda la sociedad que todos, sin excepción, estamos amenazados por esa lógica del poder totalitario: que no se puede separar, ignorar o ver con indiferencia lo que Ortega haga en el campo de las elecciones, la política y los derechos humanos, de lo que inevitablemente hará en todos los demás campos, el empresarial incluido.

No por conocida o frecuentemente citada podemos olvidar la dramática reflexión del pastor protestante Martín Niemoeller, en las postrimerías del nazismo: “Primero vinieron a buscar a los comunistas, y yo no hablé porque no era comunista. Después vinieron por los socialistas y los sindicalistas, y yo no hablé porque no era lo uno ni lo otro. Después vinieron por los judíos, y yo no hablé porque no era judío. Después vinieron por mí, y para ese momento ya no quedaba nadie que pudiera hablar por mí”

 

* Economista