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Cuando estudiaba ingeniería, en un curso de información técnica hicimos un ejercicio en una clase de 30 alumnos. El profesor dio un mensaje sólo al primer alumno y dicho mensaje fue transmitido secretamente de boca en boca hasta llegar al último. Al final el mensaje estaba distorsionado. Aprendimos que cuesta mantener la precisión de un mensaje aun entre un grupito de estudiantes universitarios, en un lapso menor de una hora.

No existen originales de la Biblia. Existen miles de copias manuscritas de sus libros, pero ninguna es igual a otra ni es original. En algunos casos las copias más antiguas preservadas datan de cientos de años después de la muerte del último apóstol. En otros casos los manuscritos preservados son sólo traducciones. Según el crítico textual Bart Ehrman se detectaron más de 300,000 incongruencias en unos 5,000 manuscritos de los evangelios.

Por otra parte, en muchos casos se desconocen los autores de los libros de la Biblia, o no hay consenso entre los estudiosos sobre las autorías. No se sabe con certeza quiénes escribieron los cuatro evangelios canónicos, y si conocieron a Jesús. Tampoco se sabe cuándo fueron escritos pero se estima que entre los años 70 y 110 de nuestra era, entre 40 y 80 años después de la muerte de Jesús.

A toda esta incertidumbre se añade el hecho de que las copias eran realizadas a mano en una época en la que predominaban las tradiciones orales, con pocos documentos que estudiar y nada de grabaciones y videos.

Se puede alegar que la historia en general se ve obligada a recurrir a fuentes no totalmente sólidas, y es cierto, pero es distinto cuando se alega que el texto es sagrado y se guía el comportamiento de las personas con base en sus dictados, los que supuestamente son correctos de manera absoluta.

Tomemos como ejemplo el caso de la versión del Nuevo Testamento del rey Jaime (King James). El texto fue completado en 1611 por ocho miembros de la iglesia de Inglaterra. Ellos se basaron en traducciones del siglo XVI, de unas 8,000 copias entre las que no hay dos iguales, de rollos del siglo IV que se supone corresponden a originales del siglo I que están perdidos. La más antigua de esas 8,000 copias fue escrita cientos de años después de la muerte del último apóstol. El trabajo fue sometido a la aprobación del rey y del parlamento y el resultado es lo que hoy, en pleno siglo XXI, muchos piensan que es la palabra de Dios.

Por otra parte, no todas las Biblias contienen los mismos libros. El canon bíblico depende del culto particular de un grupo específico. Fueron muchos los textos antiguos que quedaron fuera de la Biblia y que pudieron haber sido incluidos. La decisión de qué libros incluir se acomodó a los intereses y creencias de quienes lo decidieron.

Normalmente los textos bíblicos que los líderes religiosos leen en sus ritos son escogidos con cuidado para aportar algún valor a la comunidad porque algunos pasajes, que son ignorados por buenas razones, son abominables.

Algunos dicen que el martirio de muchos de los primeros cristianos prueba el origen divino de la Biblia. Es como decir que el “martirio” de los terroristas del 11-S prueba el origen divino del Corán. Lo único que esto prueba es que, en ambos casos, la fe de los mártires era firme como una roca; este defecto no es raro en la religión. La duda es el motor del conocimiento; la fe ciega, sólida como roca, es su freno.

Sólo ignorando todas estas verdades se puede creer que la Biblia contiene la palabra de Dios. Ésta no es una creencia inocua. La fe en la Biblia ha ocasionado injusticias y oposición a teorías científicas como la de la evolución, que se basan en evidencias abrumadoras, demoledoras, contundentes, irrebatibles… Por esa fe se trató injustamente a Galileo y a muchos otros, y se atrasó el desarrollo de la ciencia. Todavía se toman decisiones que atañen al futuro de la humanidad con base en la fe en un libro incierto de la edad de bronce. Es algo serio y preocupante.

 

* Ingeniero y músico