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Vientos boreales y australes nos traen las notas lastimeras que, cual Yaraví Serrano, expresan el lamento conmovedor del débil ante el influjo del fuerte. En el lar patrio ya hemos escuchado el llanto de los porcicultores y de los cebolleros de Sébaco. “No estamos en condiciones de competir con los Estados Unidos”, dice Alberto Caro, experto colombiano en TLC.

Narra Ortega y Gasset: “Kohler y otros han mostrado como el chimpancé y el orangután no se diferencian del hombre por lo que llamamos inteligencia, sino porque tienen mucho menos memoria que nosotros. Las pobres bestias se encuentran cada mañana con que han olvidado lo que han vivido el día anterior. El hombre, en cambio, merced a su capacidad de recordar acumula su pasado, lo posee y aprovecha. El verdadero tesoro del hombre es el tesoro de sus errores, la larga experiencia vital decantada gota a gota en milenios. Romper la continuidad con el pasado es descender y plagiar al orangután. No nos dirá el pretérito lo que debemos hacer, pero sí lo que debemos evitar”.

Hoy observamos impotentes cómo gobernantes de países débiles, llegados al poder gracias a la “democracia del voto”, sin tomar en cuenta a sus electores, firman dictatorialmente convenios onerosos con países fuertes sin hacer uso de la sospecha, ni intuir la intención depredadora y perversa del poderoso. Cual inocentes niños, caen como los peces en las redes del pescador.

El comediógrafo latino, Plauto, doscientos años antes de Cristo, en su comedia “La Olla”, prevenía: “No es muy frecuente que un rico hable a un pobre… no me hace ninguna gracia que un rico se muestre tan pródigo con un pobre… comete una verdadera atrocidad el que, siendo pobre, comienza a tratar un negocio con un hombre rico”.

En ocasión del Congreso Internacional de Washington, realizado en 1889 durante la presidencia de Grover Cleveland, y convocado por el Secretario de Estado James Blaine, José Martí, en corresponsalía enviada a La Nación de Buenos Aires, fechada en Nueva York el 2 de noviembre de 1889, comenta: “Jamás hubo en América, de la Independencia acá, asunto que requiera más sensatez, ni obligue a más vigilancia, ni pida examen más claro y minucioso, que el convite que los Estados Unidos –potentes, repletos de productos invendibles y determinados a extender sus dominios en América– hacen a las naciones americanas de menos poder”.

En 1890, Martí, dado su prestigio, es cónsul en Nueva York de Argentina, Paraguay y Uruguay. El Secretario de Estado Blaine invita a una Conferencia Monetaria a las naciones de América. Uruguay nombró como su representante a Martí. La Conferencia recomendó el 7 de abril que se estableciera una unión monetaria internacional, como la del Sucre ahora. Martí elaboró el informe con que las delegaciones de América respondían al proyecto presentado por el Secretario Blaine, que contribuyó a frustrar los planes del gobierno de Washington.

En mayo de 1891 aparece en la Revista Ilustrada de Nueva York una crónica de Martí al respecto, el cual con su poderoso verbo expone: “La política es el arte de combinar, para el bienestar creciente interior, los factores diversos opuestos de un país, y de salvar al país de la enemistad abierta o codiciosa de los demás pueblos. A todo convite entre pueblos hay que buscarle las razones ocultas. Ningún pueblo hace nada contra su interés; de lo que se deduce que lo que un pueblo hace es lo que está en su interés. Si las naciones no tienen intereses comunes, no pueden juntarse. Si se juntan, chocan. Los pueblos menores, que están aún en los vuelcos de la gestación, no pueden unirse, sin peligro, con los que buscan su remedio al exceso de productos de una población compacta y agresiva y un desagüe a sus turbias inquietudes en la unión con los pueblos menores”.

Afirma Aristóteles: “Una alianza es como una balanza en la que siempre vence el platillo que tiene más peso”. Aleccionadora es la epístola que el emperador chino Chien Lung envió a Jorge III de Inglaterra en 1793: “Si he ordenado que los tributos que me envías ¡oh rey!, deben aceptarse, es solo considerando el espíritu que te ha hecho enviármelos de tan lejos. La majestuosa virtud de nuestra dinastía ha penetrado todos los países bajo el cielo, y los reyes de todas las naciones nos ofrecen sus tributos. Como tu embajador pudo ver por sí mismo, poseemos todas las cosas. Yo no doy ningún valor a objetos extraños, y no necesito las manufacturas de tu país”.

 

* Escritor autodidacta