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Sabia y necesaria premisa expresada por Cicerón, más de un siglo antes de la era Cristiana, pero tan vigente hoy que suenan tambores de guerra en diferentes puntos del planeta; en los tiempos actuales de tanta división en la especie humana, donde unos pocos quieren seguir teniéndolo todo a expensas que muchos no tengan ni lo básico para sobrevivir.

Un determinador común llama la atención: la responsabilidad de la juventud ante el inminente peligro de la desaparición de todo lo vivo. Obama (USA: 51 años), Cameron (UK: poco más de 50), Medvedev (Rusia: menos de 50 años), Kim Jo Il (Corea Norte: menos de 40 años), todos ellos con la capacidad de decidir cuándo apretar el botón rojo y acabar con la especie humana. Están sentados sobre armamento nuclear, de exterminación masiva.

Muchos otros jóvenes, en otras latitudes, buscan y se esfuerzan por un mundo mejor, más justo: los indignados en España y otros países Europeos, y en Latinoamérica, Maduro, quien también tiene la posibilidad de fortalecer un proyecto de vida al frente de la nación más rica en recursos petroleros y gasíferos de la región, Venezuela.

Biológica, neurológica y psicológicamente hablando, basados en estudios de la personalidad y el comportamiento humano, los gobernantes de las naciones mencionadas aun se encuentran en etapas de maduración final, considerándose adultos jóvenes, propensos y proclives a estímulos mesiánicos, apasionados, y hasta con elementos de ingenuidad, no previendo las consecuencias fatales de actitudes y decisiones equivocadas. Diríamos entonces que están ubicados en la llamada segunda edad de la vida. Son adultos jóvenes.

Casi todos escuchamos sobre la tercera edad, que llega después de los 65 años, periodo que se compara con el otoño, cuando las fuerzas físicas se van escurriendo como el agua entre los dedos, pero que se fortalece la capacidad de discernimiento, de pensar con “cabeza fría” como se dice popularmente. Quizás sea ese el periodo cuando debamos tomar las decisiones más importantes en nuestras vidas, más aun cuando sobre nuestros hombros descansan la vida, la felicidad y el futuro de familias, comunidades y hasta naciones.

Dicho esto, es beneficioso pensar que los jóvenes gobernantes de las naciones que inminentemente nos puedan llevar a un holocausto nuclear conservan todavía la ingenuidad y pureza de su recién superada etapa de adolescencia y joven adultez, aunque toda regla tiene sus excepciones.

Demandemos una conducta responsable de los adultos mayores, de los viejos y de los viejos-viejos que se ubican detrás del telón y funcionan cual patrón del ventrílocuo, sobre todo en el caso de los países que han mostrado mayores niveles de irrespeto por la vida y que hacen de la guerra una industria de lucro excesivo.

Los pretextos para desatar la carnicería son abundantes. Contener ese intento puede ser un imposible al paso que van los sucesos. El envío de aviones de última tecnología para maniobras militares entre Corea del Sur y USA es suficiente provocación para encender la mecha.

Las consecuencias esperadas no permitirían otra iniciativa de formar una segunda Organización de Naciones Unidas. ¿Con qué países? Los que no entren al juego de guerra quedarían expuestos a la contaminación que se desataría con el uso de armas tan mortíferas. Pareciera que las experiencias de Chernóbil a fines de los 80, o la de Japón más recientemente, no son suficientes.

Es momento de luchar todos por la preservación del planeta, el único que tenemos. Es hoy o nunca. Blancos y negros, católicos y protestantes, heterosexuales y homosexuales, pobres y ricos, niños, jóvenes, hombres y mujeres, todos podemos ser protagonistas principales en esta película, que aunque parezca de ficción es tan real como que el agua moja.

Ayer decíamos que las luchas por la justicia social, por una sociedad utópica eran para heredar a las futuras generaciones un mundo más limpio y sano. Hoy, sin embargo, esa lucha que debemos impulsar es para que puedan existir esas generaciones.

 

* Médico. Código MINSA 6950