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No sé si todavía –hace rato no llego por El Astillero–, doña Bernarda de Jesús Ríos Montano sigue siendo dueña del “Restaurante La Naya”, que estaba ubicado al sólo entrar a esa aldea de pescadores de nuestra costa del Pacífico. Pongo en duda la existencia del restaurante porque hace más de diez años doña Bernarda pensaba dejar el negocio para instalarse en El Papalón, dejando a un lado las migrañas que le producían las malas ventas y “la palmazón”.

Explicaba Mama Naya que su restaurante tuvo momentos floridos cuando era visitado por muchos notables, entre ellos don Arnoldo Alemán, el comandante Daniel Ortega y altos funcionarios de sus respectivos gobiernos.

“Pero, ¿sabe usted a que se debe mi fracaso? –me dijo–. Se lo voy a explicar. Antes mis vecinos y vecinas venían aquí a menudo a echarse sus “piquinyukis”; era gente parrandera, alegre, bailadora, cantadora, chilera, en fin, buenas amigas y amigos. Pero un día nos vimos invadidos por gente de la Biblia y de repente todas mis amistades de aquí y de los contornos se volvieron del “evangelio”, no volvieron por mi casa. Ahora no me hablan, pasan por la calle con la vista baja; no vuelven a ver a nadie porque temen contaminarse con lo mundano”.

Me dio en que pensar lo dicho por Mama Naya, porque en mi vecindad ciertas familias han “abrazado la fe” y por consiguiente rechazado todo lo mundano. Antes eran gente amistosa y servicial; hoy pasan por el centro de la calle cubiertos con paraguas, con una Biblia cada quien y en actitud de oración continua. Evitan saludar a sus viejos amigos y en sus casas reciben a pocas personas.

La nueva religión que han abrazado los obliga a aislarse. La influencia mística y mágica les ha alterado la conducta, su forma de vivir y sobre todos sus relaciones sociales. Bien puede calificarse como depurado egoísmo esta actitud, ya que estas personas solo se interesan por “la salvación de sus almas” y no por la generosa salvación del prójimo.

Ya Diógenes, cuatrocientos años antes de Cristo, pretendía encontrar la felicidad en el aislamiento, llegando al extremo de vivir dentro de un barril. También por ahí buscaron su realización humana y religiosa los ermitaños que huyendo del mundanal ruido se iban al desierto a vivir en estricta soledad, conducta que mereció la burla de Bocaccio en su célebre “Decamerón”, donde adujo que los tales anacoretas se aislaban para vivir sus pecados con mayor fruición e intensidad.

Pero el hombre es un animal social y quiérase o no está en relación permanente con sus semejantes y con su entorno natural. De ahí que los grandes conductores de la humanidad se fundieron –no se aislaron– con las masas para conquistar metas colectivas. Resulta, pues, incoherente sumergirnos en nuestro propio capullo cuando la razón nos dice que debemos practicar una verdadera convivencia social para lograr la paz, para encontrar la fraternidad y la armonía entre los humanos.

En otro aspecto, el desarrollo acelerado de la humanidad, sobre todo en el campo de las comunicaciones e interrelaciones, exigen del ser humano superar los procedimientos –de cualquier índole– que pretendan incomunicarlo. No conseguiremos ninguna victoria moral aislándonos del mundanal ruido sino enarbolando nuestros valores dentro del ruido mismo.

La religión y sus fundamentalistas intentan destruir la razón y sustituirla por la fe ciega, emparedando nuestra psiquis con ladrillos de promesas abstractas de recompensa y también con bloques enormes de castigos que se funden en las llamas de un eterno infierno.

Estas ofertas del fundamentalismo religioso no se difieren en mayor cosa de la manipulación que a través de su sistema mediático nos receta el neoliberalismo salvaje en que estamos insertos. Ambos tratan de convertirnos en seres de “cabeza hueca” y “de incorruptible fe”, para que nos abstengamos de pensar como seres racionales.

Todo procedimiento que trate de manipular la mente humana debe ser rechazado. La enajenación de los vecinos de doña Naya Ríos Montano no es única. Pululan por ahí personas de todas las edades cuyas vidas transcurren por mundos ficticios y con personalidades truncadas por los sueños diurnos absurdos que se fabrican en ese mundo de loca y brutal competencia comercial y religiosa.

 

* Catedrático de Periodismo