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En 2020, China será la mayor potencia económica del planeta. La economía mundial será diferente. Brasil tendrá un lugar relevante en ese mundo. Ocupará ese lugar no por la magia carioca. No por el inmenso volumen de sus recursos naturales. Será por su claridad de futuro y por sus decisiones educativas.

Con Lula, el sistema universitario entró en una transformación profunda. De 2002 a 2011, el presupuesto educativo subió de 2.5 al 5.2 por ciento del PIB brasileño. Dilma anunció que este año llegaban a 350 mil nuevos ingresos en las 1321 instituciones de educación superior. Dato significativo en un país que había vivido un régimen educativo elitista despiadado. También anunció la entrega de la beca número un millón por conducto del Programa Pro Uni.

En lo que refiere a educación superior, eso implicó la apertura de 14 universidades federales; el programa Pro Uni otorga becas a sectores de bajos recursos y planes de financiamiento para matrículas universitarias. En la actualidad, Brasil cuenta con 278 universidades y 2099 instituciones privadas, de acuerdo al Censo de Educación Superior de 2010. De hecho, la matrícula de ingreso a las instituciones universitarias se duplicó, pasando de un millón en 2001 a 2 millones en 2010.

Los cambios no se limitan al nivel de grado. Al duplicarse el nivel de graduados universitarios, que en 2002 alcanzaba 390 mil al año, en 2011 se graduaron cerca de 970 mil estudiantes, lo que implicó una fuerte demanda en el sistema de posgrado, que alcanza los 173 mil ingresantes matriculados. Para el nivel de posgrado, el gobierno otorgó 75 mil becas. Para 2012 la cuota de 75 mil becas se repitió, para ingresar en posgrados de Estados Unidos, Europa y Asia. Brasil piensa desarrollarse en serio.

Junto con la expansión de los parques tecnológicos de investigación aplicada en una gran diversidad de líneas productivas (entre las que sobresale la aeronáutica), estas decisiones ya han tenido múltiples impactos en el desarrollo socio económico de Brasil y está a la vista que en pocos años se multiplicarán dichos impactos.

Brasil está comenzando a pensar que la reforma de sus respectivos paradigmas multiplicarán la eficiencia de las sagaces decisiones educativas que ha instrumentado y tiene más claro que nunca que no sólo ha abierto significativamente el mundo de las oportunidades para los jóvenes brasileños, sino que una buena educación general a lo ancho y a lo alto del sistema multiplica la productividad de la sociedad como conjunto.

Veámonos a escala reducida en ese espejo. Tenemos una gran oportunidad para el país, si se piensa en grande sobre la educación. No sabemos el grado de comprensión del presidente sobre la reforma educativa. Urge una agenda nacional en ciencia, tecnología e innovación, excelente plataforma para un relanzamiento del país apoyado estratégicamente en una sociedad informada y educada.

La UNAN puede convocar a una reflexión concentrada de nuestro estado de cosas y en las políticas públicas que nos urge resolver en todos los ámbitos de la vida social.

Somos el país de los que más trabajamos, pero el empleo es escaso y nuestra productividad social paupérrima. Es hora de ponernos a estudiar muy en serio. Así podremos reducir nuestro déficit de ciudadanía y salir del subdesarrollo. Soy la voz que clama en el desierto. Amén.

 

* Docente universitario