Elmer Ramírez España*
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Es una característica nata en nuestro pueblo el conocer a las personas más por su apelativo o alias, que por su nombre de pila. En ese sentido, la costumbre se ha convertido en una ley que responde a la idiosincrasia e identidad de los y las nicaragüenses por parejo, salvo rarísimas excepciones no se tiene la confirma de la sabiduría popular.

Quienes preguntan por don Silvio Castro en esta Ciudad de las Flores, quedan sin respuesta, se vuelve un círculo vicioso encontrar el lugar exacto de la persona en mención y en general, pero si la imaginación, a como decía Einsten, es lo más poderoso en la mente humana, es posible dar con el paradero de quien se busca.

EL ZARRO, con el respeto que se merece, es un personaje peculiar, desde joven fue trompero irredento y su corpulenta fuerza física era una especie de cuidado para quienes osaran cuestionarlo o retarlo, sus pasos siempre estuvieron dirigidos a la responsabilidad de la vida, cumplir a cabalidad con el trabajo, pues el tiempo en ese sentido le quedó debiendo oportunidades que sí las pudo obtener relativamente a través de su tenacidad.

Hizo todo lo que tuvo al alcance, sus experiencias fueron vastas en el sentido amplio de la palabra, es probable que por su propia exigencia inventara el trabajo que debía darle el sustento y jamás se inhibió ante las ofertas, máxime en un país como el nuestro, en el que las condiciones siempre han sido escasas.

Albañil, cochero, carretonero, tractorista, montatoros, taxista, agricultor, luchador, boxeador y un entusiasta participante de las competencias ecuestres que coincidían con las fiestas agostinas en la capital, conocidas como el Ben Hur, en donde salió con la diestra en alto en varias ocasiones. Actualmente después de doblar la curva de los sesenta años se dedica por entero a la profesión del volante en esta ciudad.

Es menester contar dos anécdotas, una primera, cuando era joven adolescente, en la que se vio envuelta en un enfrentamiento a mano limpia con un contendor mucho más bajo de estatura y de peso, en la cual sacó la peor parte en vista de que su rostro salió bastante lastimado debido a la astucia demostrada por el contrario; fue muy duro para él, había rendido su rey y su invicto, y la vergüenza frente al barrio. En tanto el vencedor aparente mixaba u orinaba a los días con un color rojizo producto de los estragos de los golpes.

La otra cuando fue boxeador, lo vencían con facilidad, y al acercarse el final del combate, por su desesperación tomó por sorpresa al oponente, le aplicó una de esas “llaves chinas” parecidas a las de las películas de Bruce Lee o Wan Yu, y los dos rodaron volviéndose luchadores; el público no atinaba a la transformación del espectáculo, y los premió con un mayúsculo, pero sorpresivo, aplauso. El árbitro, por supuesto, los descalificó, aunque él logró su propósito de no ser vencido ese día en el lugar conocido como “EL FOX”.

*Docente Horario UNI
elmer_ramireze@yahoo.com

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