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A mi apreciado amigo don Henry Ruiz

 

Dice el académico Héctor Balsas que no hay nada más hermoso que sentirnos dueños de nuestras propias palabras que tomamos en cualquier momento y nos expresamos abiertamente. Y es que todo hablante, a medida que va creciendo en el dominio de su lengua, selecciona los términos según su criterio y sus preferencias, se apropia de expresiones que pasan a formar parte de su código hasta constituir su repertorio lingüístico, con sus rasgos propios y modos particulares de expresarse. Es lo que se conoce como idiolecto.

Pero ninguna lengua es inocente, porque quien usa una determinada palabra o expresión la carga de connotaciones positivas o negativas según su intención y su criterio moral. ¿Quién no sabe en nuestro medio que “ipegüe” es el “vendaje”, lo que el vendedor agrega al comprador por una determinada compra? Pero alguien un día intensificó la significación positiva o negativa del vocablo en cuestión y se formó la locución adverbial “de ipegüe”: “Se robó la vaca y de ipegüe se llevó el ternero”. ¿Quién no ha matizado peyorativamente alguna vez palabras tan hermosas en nuestro idioma como padre, madre, hogar, amor y fidelidad? Tiene razón el chileno J. Edwards: “Las palabras tienen un peso, una luz y una sombra, un efecto que puede llegar a ser devastador”. Y ese “peso” se lo ponemos nosotros” y esa “luz” y esa “sombra” se la proyectamos nosotros. Por eso agrega el citado Balsas: “Contenido e intención -aderezados con la subjetividad de emisor y del receptor- se adhieren fuertemente para que una voz vaya más allá de lo que normalmente es su destino de comunicación”.

Quien habla tiene la libertad de seleccionar, pero esa “libertad” tiene sus límites, porque en el juego y rejuego del acto comunicativo pende la aprobación o el rechazo. ¿Por qué? Porque en todas las sociedades humanas existen ámbitos, aspectos de la vida, formas de comportamiento y en general realidades que nombradas directamente pueden resultar, en determinadas circunstancias, inadecuadas o de mal gusto desde un punto de vista social, moral o religioso.

Suelen referirse, entre otros temas, al sexo (“Tapate la chuncha”, se le dice a alguien descuidado que tiene el zíper abierto); lo escatológico, como los excrementos y ciertas partes y funciones del cuerpo (“Permiso para ir a cortar flores”, decíamos en la escuela, cuando deseábamos ir a “solariar” y luego “limpiarnos el florero” con hojas de chagüite); la enfermedad y la muerte (“Se lo llevó la pelona”, se dice en casi todo Hispanoamérica, o la “quirina”, como decimos aquí); la religión y lo sobrenatural, pero sobre todo el “temor a las fuerzas demoníacas”, como señala el psicólogo alemán Whilhem Wundt, que suponen en determinados seres sobrenaturales, animales u objetos. Para los gitanos, por ejemplo, es innombrable la culebra, y el “príncipe de los ángeles rebelados” es el mismo “maligno”, o el “uñudo”, el “cachudo” y el “diantre” entre los nicas.

Lo “prohibido” –en sus orígenes se circunscribió a lo religioso (tabú propiamente tal)– que surgió por el inmenso respeto (o miedo) a lo “sagrado o consagrado”, como dice Freud, ha pasado a una larga serie de facetas de la vida social, y el polinesio tabú se convierte en una prohibición impuesta por la tradición, la costumbre, la “buena educación” y, en última instancia por la ley.

El lingüista estadounidense-mexicano Mauricio Swadesh nos dice que el hombre navajo está impedido de dirigirse a su suegra, y solo podrá hacerlo a través de otra persona. Y en Polinesia (archipiélago de Oceanía), Zululanda (sur de África) y Madagascar (la isla más grande de África) existe la prohibición sistemática de pronunciar nombres de jefes o de palabras comunes que se parezcan a ellos. En la Grecia antigua los nombres de los sacerdotes y otros grandes personajes que tenían intervención en la ejecución de los misterios de la diosa Ceres no se pronunciaban mientras vivían.

En muchas culturas, como dijimos, es común evitar la referencia directa a la muerte. En un velorio, nadie pregunta por “el muerto”, sino por “el cuerpo” (de...), porque no se murió, sino que “se nos adelantó”. De ahí que el agente de ventas no le ofrezca un seguro de muerte, sino un “seguro de vida” que no se hará efectivo hasta que usted haya “cerrado los ojos” y “pase a mejor vida”.

Y del sexo, ya no digamos. “Pinga”, “pirinola” y “pistola” son en nuestro país apenas tres nombres de una larga lista del falo, uno de los más antiguos “objetos” de veneración de la humanidad, como nos recuerda el Premio Nobel de Literatura Camilo José Cela en su “Enciclopedia del erotismo”. En el Museo Arqueológico de Nápoles se exhibe un falo tallado en piedra, de la época de la antigua Roma, debajo del cual está escrito: “Hic habitas felicitas” (‘Aquí reside la felicidad’).

 

* Escritor y lingüista