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Nadie, ni los medios de ultra derecha, se atreven a calificar de “progresista” a Francisco en lo que concierne a dimensiones como los dogmas internos, y los escándalos y problemas que corroen su iglesia. Francisco, cuando era Bergoglio tomó posiciones de beligerancia extrema contra la educación sexual, el control de la natalidad, la despenalización del aborto, el matrimonio igualitario, y los derechos de las minorías sexuales.

Mantuvo dentro de su iglesia a criminales de la dictadura condenados por pedofilia (Edgardo Storni y Julio César Grassi). Se opuso al carácter laico del Estado y defendió los privilegios de su iglesia en los ámbitos financiero y educacional.

En suma, un hombre que representa la vertiente conceptual y valórica más retrógrada del catolicismo, que se puede sintetizar en la supervivencia de dos ejes ideológicos opuestos al humanismo más avanzado.

El primero, la persistencia de un incólume patriarcalismo de donde provienen su misoginia y su homofobia, y también la demonización maniquea del sexo que rechaza su disfrute humanizado y responsable. El segundo, la continuidad de una gestión piramidal y estamental del poder, de arriba hacia abajo, sin asignar ninguna representación ni participación sustantiva a los miembros de base.

Una gestión radicalmente antidemocrática que se torna totalitaria en su relación con los Estados laicos. En cuanto esta iglesia se resiste a reconocer la neutralidad del Estado frente a las confesiones de los ciudadanos, y se arroga el derecho de imponer al mismo Estado y a la sociedad en su conjunto lo que constituyen sus concepciones y valores particulares.

Francisco ha sido colocado con la expectativa de que resuelva problemas y desmantele escándalos, por lo menos aquellos que más estremecen a los fieles: la pedofilia que victimiza a millares de niños católicos; la administración mafiosa de las finanzas vaticanas; las sórdidas intrigas que dominan la corte; la presión de los curas y monjas para que el celibato sea abolido; las aspiraciones de las monjas y mujeres en general, por alcanzar alguna cuota de empoderamiento; etc.

Francisco, como buen jesuita y hombre operativo, seguramente tomará medidas y pondrá parches donde se puedan poner. Pero todas sus medidas serán epidérmicas y no resolverán ningún problema de fondo. ¿Por qué? Uno, porque su propia cosmovisión le impide ir más allá de la superficie. Y dos, lo más importante, porque ya no existen corrientes progresistas influyentes en el seno de la iglesia católica. Juan Pablo II con la ayuda de Ratzinger, acabó con ellas.

Los aires esperanzadores que surgieron con el Concilio Vaticano II, y culminaron con el pujante movimiento de la Teología de la Liberación en los años 60 – 70, fueron aniquilados por la acción exitosa de contrarreforma impulsada por Juan Pablo II en la década de los 80. Fue una represión que no tuvo que envidiar a las purgas de herejes acaecidas en la Edad Media. Se desterraron y separaron de sus bases a los obispos y curas progresistas. Se reprimieron las organizaciones de fieles que asumían postulados de la Teología de la Liberación.

A las cabezas pensantes se les llevó a la inquisición (con Ratzinger como gran inquisidor); se les sometió a juicios; se les prohibió escribir y hablar por años; se les obligó a abandonar la iglesia; se les ultrajó públicamente (recordemos el video divulgado por el mundo donde aparece Ernesto Cardenal, hincado y minimizado, delante un Juan Pablo II arrogante y punitivo, que lo amonesta y lo humilla).

Por los imperativos biológicos derivados de su edad, el pontificado de Francisco no será largo. Al final del mismo, encontraremos a su iglesia viviendo una crisis seguramente más profunda que la que hoy padece.

 

* Científico social