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El intenso clima emocional en que se celebran y la desmesurada sombra que planea sobre ellas hace presumiblemente de las elecciones presidenciales venezolanas poco más que un trámite para Nicolás Maduro, el hijo político de Hugo Chávez. Los sondeos que una semana después de la muerte del comandante daban a Maduro 15 puntos de ventaja sobre el candidato opositor, Henrique Capriles, reducen ahora este margen.

Pero el presidente interino, que se ha apropiado de la figura de su mentor hasta extremos grotescos, es el directo beneficiario de una formidable maquinaria que le permite utilizar en su provecho el dinero público y los recursos propagandísticos del Estado.

Maduro carece de carisma. Sus cualidades como líder suscitan serias dudas incluso entre los suyos. Pero sabe que muchos votarán en él a Chávez, y su roma campaña no ha prescindido de uno solo de los lugares comunes del catecismo chavista: desde la oposición caracterizada como fascista y pequeño burguesa, hasta el Imperio (EU) conspirando para destruir la revolución socialista con el apoyo de los capitalistas y especuladores locales. Y un indisimulado cortejo de los militares.

El favor de las Fuerzas Armadas, cuyo poder e influencia difícilmente pueden ser exagerados, resultará crucial al vencedor para mantenerse seis años en el poder. Que Capriles no gusta a los militares es tan evidente como que Maduro gozará de ese inicial apoyo castrense. La incógnita es si durará.

Capriles ha inyectado energía en una fragmentada y desmoralizada oposición, derrotada en dos elecciones consecutivas. El eje de su campaña ha sido presentar el duelo del domingo como uno entre un pasado oscuro y el futuro que él representa.

Al margen del complicado manejo de los hilos de un sistema caudillista, el vencedor tiene por delante un horizonte poco envidiable. La situación venezolana –delincuencia, inflación, escasez de productos básicos y divisas; despilfarro gubernamental– es el tipo de escenario que Chávez pudo manejar por su excepcional sintonía con las masas. En manos de su sucesor puede convertirse en una bomba de tiempo.