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Como se sabe, Panamá es un caso notable de éxito económico. Son muchas las/los nicaragüenses que emigran al mismo, y seguramente se preguntarán (como también ocurre en relación a Costa Rica): ¿por qué aquí, al lado nuestro, sin diferencias geográficas, de recursos naturales, de raza, religión o cultura, estos países están mucho mejor que nosotros?

Estuve en Panamá la semana pasada invitado a participar en la inauguración de la Conferencia Anual de Ejecutivos (CADE), que desde hace varias décadas organiza la Asociación Panameña de Ejecutivos de Empresa (APEDE). El tema de este año era “Participación ciudadana: institucionalidad y democracia”, y se me solicitó que reflexionara al respecto.

Tuve esa pregunta esa pregunta que se hacen muchos nicaragüenses en mente al preparar mi discurso, y señalé que cuando el actual Presidente de Panamá, Ricardo Martinelli, estudió en el INCAE, a finales de los 70, Nicaragua había tenido un cuarto de siglo de fortísimo crecimiento económico, con una tasa de crecimiento promedio del PIB de casi el 7%. Y agregué, en inevitable tono de amargura, que todo el progreso alcanzado se vino abajo porque fuimos incapaces de hacer el tránsito de la dictadura a la democracia.

Recordé que 1977, antes del asesinato de Pedro Joaquín Chamorro, cuya principal consecuencia fue que trasmitió a todos los nicaragüenses el mensaje que el cambio político deseable no era posible en los moldes de la dictadura Somocista, el PIB per cápita de Nicaragua era más de la mitad del de Costa Rica y Panamá (54% y 57 % respectivamente). Hoy, 35 años después, el PIB per cápita de Nicaragua es la quinta parte o menos del de esos países (18% y 20%).

Esas trayectorias tan diferentes, la de Costa Rica y Panamá por un lado, y la de Nicaragua, por otra, se explican fundamentalmente por razones institucionales y políticas.

El libro más importante de economía del desarrollo del año 2012 y de mucho tiempo, posiblemente sea el de los profesores Daron Acemoglu y James A. Robinson, del Instituto Tecnológico de Massachusetts y de la Universidad de Harvard, respectivamente.

La tesis central del libro es que las instituciones económicas y políticas son más importantes para explicar el éxito y fracaso de los países, que la posición geográfica, los recursos naturales, las creencias culturales, o el conocimiento de las políticas económicas.

Y aunque indiqué que no era la oportunidad para discutir sobre la viabilidad del crecimiento económico autoritario, que Acemoglu y Robinson consideran insostenible, incluso para China, a partir de la relación que establecen entre instituciones económicas inclusivas e instituciones políticas inclusivas, no pude dejar de mencionar el tema. Sin ser sinónimas, para los mencionados autores las instituciones políticas inclusivas son parientes cercanos de las instituciones políticas democráticas. Y es que, como recordé, en democracia hay menos “captura” de las políticas públicas por los intereses de las élites gobernantes, y por tanto esas políticas responden con más eficiencia al interés general de la sociedad. En todo caso, en nuestra tradición y cultura política y constitucional liberal, todas las formas de autoritarismo han sido insostenibles, con o sin éxito económico, que siempre se ha revelado temporal, como lo demuestra la experiencia de Nicaragua.

 

* Economista