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Tuve a mi cargo dos módulos del Diplomado que el IDEUCA imparte a maestros y maestras de 10 municipios de Matagalpa. El diplomado es una forma de activar en maestros y maestras el significado personal y social de lo que es el proceso educativo de ellos mismos, y de quienes con su acción y mediación activan sus aprendizajes.

Compartir con maestros y maestras lo que son, lo que hacen, lo que sienten, lo que esperan y lo que aman es entrar en un espacio casi sagrado por su misterio y su transparencia.

En la dinámica del curso los maestros y maestras abrieron las ventanas de sus vidas de educadores dejando ver a través de ellas los encantos y las luchas de su trabajo. De su participación se evidencia que poseen conocimiento, experiencia, intuición, reflexión y opiniones sobre su misión y sobre su persona en el contexto de su escuela. De ahí la importancia de cómo la ven y la definen.

“La escuela es el espacio donde como docentes garantizamos una enseñanza de calidad y con un personal dispuesto al cambio y como líderes en la comunidad además donde se les brinda un ambiente de confianza a toda la comunidad educativa”.

“Es un ambiente activo-participativo donde se vivencia diferentes realidades de carácter cognitivas, afectivas y sociales”, donde no sólo se enseña como docentes sino que también aprendemos de los estudiantes”. “Una escuela donde todos los padres de familia están preocupados por sus niños, qué aprenden, qué hacen”.

“Es el centro educativo, donde se atiende a la diversidad de aprendizajes, donde se atiende a la diversidad, es el lugar de interacción de toda la comunidad educativa”. “Mi escuela es el lugar de convivencia, de participación con docentes preocupados por mejorar la educación”.

“La escuela es un lugar con grandes necesidades en los estudiantes ya que son niños especiales con maestros dispuestos a atender a los niños con los recursos existentes”. “Mi escuela es donde convivimos y compartimos momentos alegres y tristes con el niño, niña, es un lugar donde el niño demuestra el sentir familiar y con la confianza que le brinda el docente aprende a leer y escribir y aprende a convivir consigo mismo y con los demás”.

Estos testimonios manifiestan que los maestros y maestras están muy bien ubicados conceptual y emocionalmente en el ser y quehacer de su trabajo en la escuela, ayudados por experiencias positivas que acumulan de su vida de estudiantes y de maestras, así:

“Una maestra no nos dejó desfilar porque andábamos descalzos y nos sentimos muy mal, otra maestra nos brindó su apoyo y le demostramos que el estudiante no aprende por la ropa o zapatos sino por el empeño y dedicación. Fui la mejor estudiante de Sexto Grado”.

“Cuando estudiaba tercer grado no pude pagar la mensualidad en régimen de autonomía. Mi mamá estuvo a punto de retirarme cuando mi maestra asumió mi mensualidad y así pude seguir estudiando y ser ahora maestra”. “Mi maestra me nombró monitora de todo mi grado y desde entonces fue naciendo en mí el amor a la docencia”.

En mi primer año de servicio fui docente de primer grado de un niño cuyos padres eran iletrados y al finalizar el año escolar este niño había enseñado a leer a sus padres. Actualmente el niño estudia 4to. año de Secundaria.

“El día de pago no me llegó mi cheque. En el momento me desanimé. Mi hermano me alentó y fue hasta los ocho meses que recibí mis primeros 450 córdobas; no abandoné mi trabajo, me profesionalicé, me gano la confianza y el cariño de los padres de familia donde vaya y trato de hacer cada día mejor mi trabajo”.

“Ese niño, hagan lo que hagan, nunca va a aprender a leer. Me dediqué a él y cuál fue mi sorpresa que un mes después el niño se me acercó y me dijo: profesor Ud. si es buen maestro porque gracias a Ud. ya puedo leer y me retó; busque otro libro que no sea de primero y yo leo lo que Ud. quiera, y en efecto me demostró que sí había alcanzado la competencia de la lectoescritura”.

He aquí en vivo los maestros y su escuela.

 

* P.H.D. IDEUCA