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En política hay un fenómeno complejo semejante a las mareas, de flujos y reflujos en la conciencia de las masas, que marcan cambios en la historia de un país, pero, no es un fenómeno correlacionado a una frecuencia o ritmo físico, sino que como fenómeno social, se debe a la interrelación de factores objetivos y subjetivos que definen una situación política. De manera, que a momentos, las masas se retraen de los partidos tradicionales, a los que apoyaban pasivamente por largos períodos dentro del marco establecido, y como un tsunami, que acumula energía por un impulso vertical brusco de la masa de agua, salta repentinamente encima de la costa (que se opone a su paso) derribando el entramado del statu quo, con la dispersión de la onda social.

En la reciente elección de Venezuela, el peso de los errores del chavismo, que afectan a la población, se ha hecho sentir en la conciencia del electorado. Después de 14 años de ascenso, la población ha dejado saber, en estas elecciones, que aspira por un cambio, pese a la emotividad de la agonía y, finalmente, de la muerte reciente de alguien dotado de un gran carisma personal, de un comunicador extraordinario de emociones, de un hombre bastante franco, que creía su propio discurso, de modo, que su perfil psicológico escapa del cinismo y del cálculo repugnante que, por lo general, caracteriza al demagogo.

Pese a la emotividad, decíamos, con que el chavismo ha embotado la cultura política (con que ha hecho prevalecer estados de ánimo que, al fin, crean una dependencia hacia el líder, como a una droga, que exalta la imaginación individual de una mejoría posible), la juventud percibe que, al momento que debe alzar el vuelo, la realidad económica, en franco retroceso, le ha arrancado las plumas de sus alas y le ha descoyuntado sus tendones.

La pequeña burguesía, siente a diario, que pierde capacidad de iniciativa. Que la inflación galopante le sustrae sus ahorros. Que el control de divisas, la carestía de bienes primarios y de servicios, ha creado un caldo de cultivo para la especulación, para la corrupción, el robo, la inseguridad ciudadana.

Por ello, pese a la emotividad que ha evitado la percepción de la carencia de programas productivos, que incidan en la economía real, el 60% de los ciudadanos aptos a votar se manifestaron contra el chavismo. El 22% de los electores se quedaron en sus casas, aparentemente, los más indiferentes; posiblemente, los más radicales, los que apuestan por un cambio total. La mitad de quienes votaron (49.06%) emitieron un sufragio en contra de Maduro. El tinglado comienza a emitir crujidos, que revelan que ese modelo emocional, demagógico, de gobierno está apolillado.

Maduro no goza de una luna de miel, ni tiene la mesa servida. Si, contra todo pronóstico, dejara de pensar en pajaritos que rondan su cabeza, y de practicar silbidos, en un conversatorio exotérico, y adoptase medidas económicas que reorienten el gasto hacia inversiones productivas, tendría que abrir una olla de grillos y reducir el exceso de empleados públicos, atacar la corrupción y afectar a sus compañeros y aliados que tienen cuotas de poder en el Estado. Tendría que reducir el pensamiento emocional, y planificar racionalmente cómo diversificar las exportaciones, y cómo producir bienes industriales, y reducir la dependencia externa para satisfacer la demanda de bienes básicos.

Es antinatural que Maduro y el chavismo sean de naturaleza distinta, y promuevan un gobierno diverso, a pesar del caos que les circunda. El descontento de las masas tiene que agrietar ese movimiento amorfo, sin programa ni ideología clara. Maduro deberá enfrentar corrientes, fracciones, conspiraciones internas, intereses rivales dentro del aparato de poder. Si no consigue convertirse en un caudillo de masas, por mérito propio, sólo podrá conservar el poder con medidas extremas de aparato, con purgas internas que paralicen las conjuras con el terror. Las denuncias de sabotajes eléctricos, de intentos de asesinato, de conspiraciones internacionales en El Salvador y Colombia, van en esta dirección.

El 40% de votos del padrón electoral que Maduro ha recibido en sus manos (el 50.66% de los votantes), comienza a filtrarse entre sus dedos antes de jurar para presidente. Se retiran como el agua de mar, que en la marea baja se lleva a los peces consigo.

Venezuela, ávida de cambios que redunden en la economía real, le queda demasiado grande a alguien que habla con los muertos y que, fuera de la perspectiva justa, se cree hijo de un gigante.

 

* Ingeniero eléctrico