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Dice Nietzsche que el hombre se vio obligado a inventar la risa (o la sonrisa) que surge del humor o de lo cómico y se expresa de formas muy distintas, como lo gracioso, la burla, la ironía, el sarcasmo, la parodia... Y es que el humor, en su sentido amplio, es exclusivo del ser humano - “el animal más sufriente de la tierra”, como lo define el creador del “superhombre”- y tiene su más frecuente manifestación en el chiste, un texto casi siempre oral, preferentemente de corta extensión, anónimo y muy propio del registro coloquial: “Aquel rottweiler era un verdadero hijo de perra: se lanzó contra su propio amo”.

Concebido en principio para divertir, el chiste rebasa muchas veces la mera intención humorística con filazos contra el comportamiento humano, los estamentos de una sociedad o la sociedad global; y sus temas –abigarrados por naturaleza- tratan muy diversos asuntos que van desde la política actual, el amor y el sexo, hasta los estereotipos nacionales y sociales. Veamos un ejemplo en donde advertimos una disociación entre lenguaje e interpretación o más precisamente entre un término y su interpretación. En la década de los setenta era común burlarse de la cultura iletrada de los guardias a través de un chiste estructurado en forma dialogada, un rasgo frecuentísimo:

-Mi cabo -dice el soldado- , no cabo en esta covacha.

-Se dice quepo, animal - corrige el cabo con la acostumbrada “cortesía” guardiera.

-Mi quepo -reitera el soldado- , no cabo en esta covacha.

Aunque anónimo, el chiste puede tener autor; y aunque oral, puede ser también escrito, como este del escritor alemán Lichtenberg, que más bien parece un dicho sentencioso y agudo, un aforismo al mejor estilo de Óscar Wilde o Mark Twain: “Todo hombre tiene también su trasero moral, que no enseña sin necesidad, y que cubre, mientras puede, con los calzones de la buena educación”. (Adviértase que “necesidad” se refiere a la ‘evacuación corporal de excrementos’).

Pero la comprensión de un chiste en su sentido pleno no se limita al simple significado de las palabras, porque su función comunicativa exige del receptor una implicación mayor de lo habitual: debe haber una espontánea adecuación entre texto, emisor y receptor, pero reintegrado a su medio natural -la vida en común- , la sociedad y sus valores. En política abundan los ejemplos. El político argentino Juan Domingo Perón describió a su propio partido con un chiste parecido a los apothegmas del viejo Catón: “Los peronistas somos como los gatos: cuando parece que nos estamos peleando es que nos estamos reproduciendo”. Y Jorge Luis Borges, sin proponérselo, respondió: “Los peronistas no son ni buenos ni malos: son incorregibles”.

Los chistes son, en muchos casos, reflejo de los momentos históricos vividos por una sociedad, es decir, son construcciones sociales que responden a las carencias, los abusos, las fantasías y los temores que tejen el entramado rutinario de nuestra vida cotidiana. Una vez extinguido el humo del fuego que calcinó las torres del World Trade Center, de Nueva York, empezaron a circular chistes, como para “olvidarse” de la tragedia:

-¿Cómo se llama la esposa de Bin Laden?

-Estrella Torres.

Como afirma Freud, cada chiste exige su público especial, y el hecho de reírse de los mismos chistes prueba una amplia “coincidencia psíquica”. De lejos, el chiste citado podría mover a una discreta sonrisa, porque quien lo escucha solo encuentra un juego de palabras carente de intención determinada (chiste “inocente” lo llama Freud); pero resultaría intolerable para alguien involucrado en la tragedia, porque solamente puede ver en él una agresión, una intención hostil (chiste “tendencioso” lo llama Freud). Veamos un ejemplo tomado de uno de los personajes de “Tres tristes tigres” de Cabrera Infante: “Era tan enemigo del matrimonio (mártirmonio decía él) como amigo de las casadas, perfectas o imperfectas”.

Porque un chiste, para que pueda cumplir su función social, presupone un saber compartido y reconocido y una experiencia vivida y sentida por los comunicantes. Un acuerdo, una alianza, una “complicidad”, que entraña una aceptación tácita o expresa del contenido. El interlocutor se pone de nuestro lado y crea -como dice la doctora Ana María Vigara Tauste- una especie de acuerdo-cooperación expresado en los fundamentos pragmáticos del chiste: el tipo de discurso que se establece y utiliza, el mundo de que se habla y el mundo en que se habla.

Esto significa que podemos hablar de diferentes tipos de chistes según la idiosincrasia de los pueblos, el contexto interpersonal, las circunstancias socio-culturales y el grado de acercamiento con el mensaje. Veamos, desde la perspectiva de un chiste, cómo se manejan los conflictos internacionales con la ONU:

-Si hay un problema entre un país grande y un pequeño, el país pequeño desaparece.

-Si el problema es entre dos países pequeños, el problema desaparece.

-Si el problema es entre dos países grandes, la ONU desaparece.

 

* Escritor y lingüista