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Carlos Mejía Godoy, Aldo Díaz Lacayo y el suscrito presentamos el 21 de mayo de 2010 en la Universidad Nacional de Ingeniería la segunda edición en Nicaragua de La paciente impaciencia, hermoso mamotreto que uno no puede desvincular del temple de su autor, advertido desde la primera página hasta la última. Temple, vale definirlo, de combatiente.

Pero a mí no me correspondió juzgar al político, sino al lírico que vibraba desde 1969 en Bogotá, según las dataciones más antiguas de sus poemas, a las cuales siguieron los de Managua, 1975 y los de la cárcel de Tipitapa, 1967 pertenecientes a su primer poemario: La ceremonia esperada (Nueva Nicaragua, marzo, 1990). Tampoco me correspondió hablar del dirigente, en algún momento –según Eduardo Galeano– el más querido y temido del país, sino del escritor, del testimoniante de polendas, en su caso de armas tomar. Armas, en principio, verbales, capaces de formular la denuncia del sistema que el FSLN combatía.

A mí me correspondió relacionar al poeta con el prosista, fundido con el gerreador en La paciente impaciencia: autobiografía y biografía, crónica y ensayo, memoria y antimemoria, panegírico y vituperio. Un libro singularísimo, abierto a todas las formas y corrientes de la literatura hispanoamericana (ha puntualizado Julio Valle-Castillo), donde caben el prosema y el intertexto, el retrato y el obituario, los cuatro fortalecidos y renovados.

Citar ejemplos de estos aciertos sería interminable. Basta decir que consiste en la obra de un testimoniante que se asume como escritor y se construye un lugar en la república de las letras desde sus iniciales líneas memorables. Así se identifica con Winnetou, un personaje –creado por el alemán Kart Hohental– que llegaría a ser su primer héroe. El descubrimiento de Carlos Marx sería otra de sus lecturas determinantes, a la cual se sumaron Las Florecillas de San Francisco, Las almas muertas de Gogol y las obras de Stendhal Emile Bronte, Corín Tellado y otras. Luego leería a Manuel González Prada, Juan Montalvo, José María Vargas Vila, Victor Hugo y Gustavo Flaubert.

También la impronta de sus padres, doña Anita Martínez y don Tomás, consignadas en el capítulo quinto de La paciente impaciencia, resultó determinante en la formación del hijo único. Refiriéndose a la primera, confiesa: “Era poco afectuosa, severa, pese a lo cual la amaba no sólo porque era mi madre, sino porque era bella —según constancia del recuerdo, de los comentarios y las fotografías—, y porque era limpia como un mantel blanco”.

En cuanto a don Tomás —cuya estirpe patriótica procedía de haber combatido en las filas de Benjamín Zeledón y de su parentesco con Augusto C. Sandino— vale la pena transcribir unas líneas de su mejor escrito breve, inserto en su segundo poemario: “Aquel viejo malgeniado, abstemio, llorón y sandinista me cargaba por las noches, mientras yo gritaba como gorrión mal tratado; y me amaba como si yo fuera el Niño Dios… Fui hijo único. Cuando nací, doña Anita tenía cuarenta y un años. Por eso estaba destinado a ser idiota, poeta o guerrillero…”

Ya sabemos lo que fue el Comandante Tomás Borge: imprescindible protagonista de la historia contemporánea de Nicaragua. Así en su libro mayor —un clásico en su género— lo registra destacando todas sus facetas —como las de combatiente de tiempo completo y maestro de técnica militar— integradas en su larga trayectoria; pero, sobre todo, consciente de su trascendencia mítica, como lo revela en uno de sus poemas: Voy a morir. /Quiero ser un recuerdo/pequeño como un grillo/grande como un limón…/Voy a morir/para seguir viviendo.

 

* Escritor e historiador