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La crisis que atraviesa el sur de Europa, originada por la desmedida especulación financiera, la corrupción y el libertinaje de mercado, acabó por derrumbar la confianza bancaria en Chipre, el país más débil de la eurozona donde se lava dinero ilícito proveniente de la evasión fiscal y el narcotráfico de todo el mundo. Unos 80 mil millones de euros proceden del extranjero, especialmente de Rusia.

El PIB de la isla apenas alcanza 20 mil millones de euros; sin embargo, es un paraíso fiscal. Los depósitos en sus bancos superan los 80 mil millones de euros, un 350% de su PIB. Opera más como un paraíso fiscal que como nación; empero, tal dinero se invierte en cualquier lado, menos en Chipre, incluyendo la deuda pública de Grecia.

El drama chipriota empezó cuando sus bancos se vieron severamente desestabilizados por las dificultades de sus homólogos griegos, quienes habían efectuado grandes depósitos.

El capital financiero es un sistema interconectado, no sólo cuando se eleva sino particularmente cuando se desploma. La decisión de tomar dinero de las cuentas de los ahorrantes abre la perspectiva de un efecto dominó, dado que en las entidades bancarias de Chipre, yacen depositadas ingentes sumas originarias de todo el orbe.

La crisis chipriota deja en evidencia que los depósitos bancarios están a merced de la misma y que el Estado incumplirá con su promesa de redención con los depósitos inferiores a los cien mil euros. No obstante, nadie asegura que la cifra estimada del rescate sea la final, lo cual proyecta nuevas confiscaciones.

Tal rescate revela que las naciones acreedoras insistirán para que en lo sucesivo cualquier salvamento bancario deba ser co-financiado por los depositantes.

España e Italia son ejemplos contundentes, no tienen la menor posibilidad de rescatar a sus propios bancos. Existe una relación simbiótica entre bancos y Estados; los primeros tienen en sus reservas las deudas públicas de los gobiernos que debían encargarse de redimirlos.

Los depósitos asegurados en toda Europa alcanzan siete billones de euros (siete millones de millones). Desde la crisis de 2007, el endeudamiento de los gobiernos, las empresas no financieras y las familias, aumentaron en treinta billones de dólares, representando un 40% del PIB mundial.

El difundido desendeudamiento mundial devino en un colosal aumento de la deuda pública y privada. La “troika” constituida por la Comisión Europea, el FMI y el BCE, advirtieron que el dinero público y la emisión de moneda no podían seguir asumiendo las operaciones de rescate.

En el curso de la actual crisis, todo el diseño del sistema bancario europeo está en juego. Los países de la zona euro discuten una “unión bancaria”, que por un lado es encomiada como el establecimiento de un seguro continental de los depósitos de los bancos, y por el otro apunta a instaurar una ley de quiebras para el conjunto bancario.

Chipre se ha proyectado al futuro, por ello no es casual que se experimente con una economía menor. Buscan concentrar el negocio bancario, o sea liquidar a las entidades que no puedan financiar el seguro contra quiebras. Los vasos comunicantes también operan para las masas: tras haberse convertido en refugio para el dinero que escapaba de Grecia, la bancarrota de Chipre, cuya población en su mayoría es griega, ha reanimado la crisis política en aquella.

Realmente se ha optado por proteger a los grandes capitales a expensas de los pequeños, a los bancos europeos a costa de los ahorradores chipriotas y al modelo depredador a expensas del bienestar y la certidumbre de las poblaciones de países como Grecia, Portugal, España e Italia.

Los artífices de este viciado rescate han terminado por atentar contra principios del modelo mismo que hasta hace poco se consideraban inamovibles e intocables, como garantizar la fe en los depósitos bancarios y la absoluta libertad de movimiento transnacional para los capitales.

A partir de ahora, el capitalismo europeo y el global se adentran por un camino incierto y peligroso que puede desembocar en una desestabilización a gran escala, en pánicos financieros-monetarios y en un colapso sin precedentes que, dado el grado de globalización económica alcanzado, afectaría al planeta entero.

Los gobiernos del viejo continente han debido actuar con mayor responsabilidad, y establecer desde hace al menos dos décadas, las medidas que ahora están imponiendo: controles mínimos al tránsito de capitales, eliminación de los paraísos fiscales y un gravamen socialmente justo sobre las grandes sumas de dinero.

 

* Diplomático, jurista, y politólogo