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La señora Thatcher fue un personaje de Dickens y su hábitat natural solo podía ser Inglaterra, aunque más propiamente la de mediados del siglo XIX, cuando la segunda revolución industrial vaciaba los campos y llenaba de barriadas suburbiales las ciudades, y en las poorhouses se alojaban niños que pudieron inspirar Oliver Twist.

Habiendo nacido, sin embargo, en el primer tercio del siglo pasado, y ocupado Downing St. entre 1979 y 1990, solo una extrema banalización del lenguaje podría convertirla en progenitora de una revolución -o contrarrevolución-. La Dama de Hierro no desmanteló, ni probablemente se lo propuso, el Estado del bienestar, y sin ella se habría vivido igualmente el advenimiento del neoliberalismo económico, aunque la señora hiciera pareja con el presidente norteamericano Ronald Reagan para darle carta de legitimidad.

Margaret Thatcher mostró lo que sus partidarios alababan como “carácter” y sus detractores, “obstinación”; unos “orgullo nacional” y otros “patrioterismo”.

En la intersección de conceptos tan contrapuestos, la primera ministra, née Roberts, casada con un hombre de negocios, Dennis Thatcher, que siempre la apoyó en su carrera, innovó también en cuestiones de estilo. No porque fuera la primera mujer que asumiera tan alta carga política en Occidente, ya que su condición femenina solo se hacía notar por los sombreros y bolsos que estoicamente lucía, sino porque ella, o mejor sus asesores, hicieron un uso novedoso del marketing político.

Pero nunca gozó del voto de una mayoría indiscutible de sus conciudadanos; su mejor resultado electoral fue un 44% de sufragios, lo que en el sistema británico apaña, en cualquier caso, grandes mayorías parlamentarias. Y, aun así, el mundo tenía que confabularse para depararle sus mayores triunfos. Más allá de cómo se valoren los méritos de una figura siempre imponente, hay prestidigitaciones imposibles de hacer con su memoria.

 

* Periodista