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Como los judíos, los jesuitas hacen chiste sobre su propia reputación, no siempre positiva, como testimonia su historia, y no resulta de la casualidad que sea el orden más odiado y estimado que existe, formados por hombres dotados de mucha sabiduría y talento, capaces de dominar los temas más complejos, pero también hacer uso de la hipocresía como arma y de una exuberante dualidad.

En 1594 Enrique IV de Francia, un ex hugonote (protestante), aquel que proclamó que “París bien vale una misa”, como para justificarse que fueron las élites católicas francesas que lo llevaron al trono, fue atacado con cuchillo en casa de una de sus amantes por un joven llamado Jean Châtel. El rey conocido como “le Vert Galant” por sus aventuras galantes, escapó al atentado, mientras el joven de 19 años, hijo de un comerciante de tejido, fue capturado. Las sospechas se orientaron inmediatamente hacia los jesuitas; el victimario, alumno de ellos, habría sido convencido a cumplir su loco acto durante sus años de internado.

La irrupción en el colegio de Clermont de la compañía y en la “Maison de Sant Louis” en busca de pruebas, confirmó según los investigadores, las sospechas. Châtel fue ejecutado como sicario contratado y los jesuitas fueron expulsados de Francia. Esta medida fue considerada saludable por la opinión pública que no simpatizaba con el involucramiento político y el activismo pedagógico de los miembros de la orden a quienes consideraban agentes de la monarquía española que competía con la gálica por el control de la hegemonía de Europa. La presencia de una mayoría de españoles en la congregación fundamentaba tales indicios.

Para su tiempo Enrique IV tenía una visión religiosa muy abierta. En 1588 firmó y sancionó el edicto del Nantes, uno de los primeros ejemplos de tolerancia religiosa, mediante el cual se concedía una cierta libertad de culto a los protestantes. En 1610, el inquieto rey, morirá víctima de otro atentado perpetrado esta vez por el católico a ultranza François Ravaillac, señalado como vinculado a los círculos jesuitas. Su muerte fue el precio que pagó el rey por su poca lealtad demostrada hacia aquellos que lo llevaron al poder, traición que alcanzó su máxima expresión con la firma del famoso edicto. Terrible y cruel fue la ejecución del homicida llevada a cabo en la “Plaçe del Hotel de la Ville”, ayuntamiento de París.

Por siglos las numerosas acusaciones, denuestos, libelos de todo tipo; procesos, chismografía popular transformaron la compañía en una institución marcada por una pésima reputación. El mismo año del asesinato de Enrique IV se publicó un panfleto en Inglaterra del título: “Discoveries of the most secret and subtle practises of the jesuits”, allí se relataba, usando un lenguaje lleno de insinuaciones calumniosas y melodramáticos elementos, que más tarde estructurarían la novela gótica, lo siguiente: “delante al futuro asesino colocaban un cuchillo envuelto en un pedazo de tela que venía depositado en un recipiente de marfil cubierto por un Agnus Deus, con letras bellas y perfumadas.

Extraían el arma cortante y lo aspergeaban con agua bendita y mediante símbolos labrados en el cuchillo se indicaba el número de estocadas que debían ser inferidas a la víctima y el número de almas que se liberarían del purgatorio al momento del acto fatídico. Al final del rito la compañía se postraba delante del “ungido” cantando alabanzas y aleluyas, proclamando que el mundo entero sería iluminado por el resplandor que radiaba su figura divina”. Con una fuerte dosis de persuasión y con una fe ingenua el recluta resultaba convencido que con su acción iría directamente al cielo sin pasar por el purgatorio, algo así como las creencias que impulsan a los fanáticos terroristas islámicos en nuestros días.

En otro libelo aparecido en 1753 “The doctrines and practises of the jesuits” presenta al orden como expertos en confeccionar venenos de eficacia garantizada. Según algunas publicaciones europeas René Descartes (1596-1650), el que tuvo la osadía de atacar los principios escolásticos, imponer un nuevo método de raciocinio, elaborar la teoría de la duda metódica y llegar al conocimiento de su propia existencia (cogito ergo sum, una clara herejía) se presume fue víctima de la compañía durante su permanencia en la corte de Cristina de Suecia, católica que resistió al luteranismo, sepultada en Roma con todos los honores litúrgicos de la iglesia católica y de quien se dice practicaba el lesbianismo.

En 1731 los londinenses adquirían “Spiritual Fornication”, una amplia narración del proceso conducido en Francia en contra del padre Girard, acusado de violación por Madmoiselle Cediére, una joven beata de la cual el jesuita era su confesor y guía espiritual. “Spiritual Fornication” es un cándido e infantil relato en comparación a los escándalos de pedofilia y otros delitos sexuales que a diario en nuestros tiempos llenan los titulares de todos los medios de comunicación masiva.

 

* El autor es médico. Fue ministro de Salud, diputado y diplomático