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Los médicos luchamos contra las enfermedades, pero en última instancia también contra la muerte. Si bien podemos demorarla y paliar sus complicaciones, somos incapaces de impedirla.

En la mayoría de los textos de psicología se menosprecia el concepto que los pacientes y la sociedad en general tienen de la existencia y religión. Parecen más temas de índole antropológica que galena. Por supuesto, no existe en la literatura médica un artículo titulado: “Efectos del ateísmo sobre el sistema cardiovascular e inmunológico” ni nada parecido.

Sin embargo, el concepto de religión, fe y existencia que cada persona defiende ejerce efectos trascendentes. Si tendemos a desdeñar esta influencia, es porque nos encontramos en una época social donde algunos tratan de hacer predominar lo laico, agnóstico, por no decir escéptico. Pensamiento que se manifiesta a través de la negación de la presencia misma del hecho místico.

En algunas sociedades seculares -europeas- ni siquiera niegan la religión, simplemente se le “ningunea”. Les parece natural pero constituye una rara excepción histórica. Y se considera una anomalía histórica porque la religiosidad, mantenida dentro de límites razonables, tiene secuelas protectoras sobre la psique humana.

Bajo el cliché del hombre primitivo aterrorizado ante el trueno, ofreciendo sacrificios a los dioses celestiales, se permite a la ciencia en su rápido avance., establecer límites fronterizos a la fe. Explicación: lo que sabemos no se expresa por teología, sino que mantenemos la esperanza que la ciencia lo descubrirá algún día. Por desgracia, esto implica que lo que antes se le reclamaba a Dios, ahora debemos exigírselo a la medicina.

Cuando nos sucede algo malo, la tendencia natural del ser humano es preguntarse: ¿Por qué a mí? Y esta pregunta no significa porqué mecanismo, sino con qué finalidad o justicia. Los médicos conseguimos dar a los pacientes una explicación mecánica-científica sobre la etiología oncogénica de una leucemia o ilustrar la diseminación metastásica, pero carecemos de respuesta moral a la pregunta: “por qué a mí”.

El ateísmo delira con que Dios se esconda en las iglesias y ver en los hospitales imperar a los médicos. En otras palabras, dejarnos sin excusa para nuestras taxativas derrotas. Ni omniscientes ni semidioses. En la medida que nos individualizamos, morir ocasiona temor. La fe asume el reto de luchar contra la extinción individual. Un miedo natural cuya metamorfosis viaja hacia el terror.

En una cultura laica ¿Qué podemos hacer? Si pretendemos tranquilizar a los pacientes ante la muerte física, la empatía y la comprensión son eficaces, solo que por desdicha… no tanto como Dios. Esto nos lleva a un dilema de orden espiritual. ¿Debe el hombre ser perceptivo a todo estimulo enfermizo, corrupto y humano pero insensible y hostil a la voluntad de Dios? Cada ser humano nace en este mundo en un estado mortal. Vacío de vida espiritual y renegada al carácter de Dios. Esclavo de la materia.

La naturaleza caída del hombre muerto al pecado evoca la ira de Dios. Su corazón sin vida mística no responde a ningún estimulo divino. El electrocardiograma de su alma revela una línea isométrica que se pierde en el vacío de su muerte espiritual. Son cadáveres morales. Soldados que se enredan con su enemigo mundano fusionándose con ellos.

En apariencia, la experiencia de la vida termina con la vida. Desde cierto ángulo, la muerte resulta algo natural: “Está establecido que los hombres mueran una sola vez” Hebreos 9:27. La muerte parece ser necesaria para cuerpos como los nuestros. El deterioro físico y la eventual vejez son inevitables. Solo que la Biblia habla de la muerte como consecuencia del pecado: su pago es espiritual.

 

* Médico cirujano