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Explotaron dos bombas durante el clásico Maratón en la ciudad de Boston, con los resultados que todos conocemos y algunos hechos que muchos ignoramos. Mi primera impresión, después de una semana, es que a la manzana de la discordia se le han caído varios pedazos podridos.

Ahora dicen que el FBI interrogó a Tamerlán Tsarnaev en 2011, y no lo encontró peligroso. Aseguran que fue una solicitud de los servicios especiales de la Federación Rusa. ¿Y la eficacia del FBI?

Horas después, de manera inmediata se instaló la locura en la ciudad de Boston. La ciudad cerrada en todos los rincones y la gente sin suficientes alimentos y sin poder ir a sus trabajos ni el derecho de salir de sus hogares se les impuso vivir un verdadero estado de sitio. Se impuso una “seguridad salvaje” nunca antes vista. Con semejante condición se estableció una tremenda inseguridad. ¿Fue necesario llegar a esos extremos de paranoia?

Según los entendidos el terrorismo intenta socavar o modificar la vida de la gente interviniendo en la normalidad de las personas. Pero aquí cabe otra pregunta: ¿Fue la respuesta exagerada de las autoridades o los hechos los que causaron la imagen de desastre?

De pronto, entre tanta intranquilidad, tanta locura, llegué a pensar que las autoridades solicitarían colaboración a los cazadores de recompensas. Si no se hubiese dado el altercado con el resultado de la muerte del policía, ¿Tamerlán hubiese sido abatido?

Días después, las autoridades rectifican y levantan el estado de sitio; es cuando un ciudadano informa de un sujeto que manaba sangre en su yate y descubren al segundo terrorista. La tragedia llega a su final.

Para mí, el revoltijo continúa…

* Poeta y periodista