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Hasta el 19 de abril de este año, para Ortega no tenía importancia cualquier capricho o disparate que le viniese en gana, porque el gobierno absolutista era inmune a las consecuencias. Es decir, hasta ahora, nada perdía Ortega, como gobernante, si las consecuencias de sus actos ilegales ponían de relieve la falta absoluta de legalidad de sus acciones, o si a causa de ellas, el gobierno conseguía aislarse nacional e internacionalmente, o si ponía en evidencia la falta de institucionalidad en el país.

Por buen tiempo, esta estabilidad engañosa, de un absolutismo primitivo, resultaba atractiva para inversionistas especuladores, aquellos que saben que con coimas podían conseguir condiciones de privilegio excepcionales, en sectores no estructurales de la economía; de los cuales, el capital de corto plazo puede emigrar rápidamente.

No obstante, al formar la familia en el poder un emporio económico propio, la naturaleza del régimen ha cambiado. Hay intereses capitalistas distintos a los de la simple burocracia, para los cuales se deben crear ciertas reglas comerciales, caras a los empresarios frente al resto de la sociedad, que legalicen la circulación de mercancías y la acumulación de capital. En tal sentido, Ortega no sólo es el mejor alumno neoliberal del FMI, sino que es, de hecho, con mucha distancia, por la inmensa concentración de riqueza, el miembro más prominente del COSEP, interesado en asociarse en inversiones financieras de importancia.

Hoy, Ortega vive un complejo proceso psicológico de doble personalidad, que se refleja en las decisiones bizarras del régimen. Estas distintas personalidades alternantes, sin embargo, a veces se presentan con signos opuestos y se enfrentan simultáneamente, a causa de alguna iniciativa insensata del burócrata. De modo que interiormente, el funcionario independiente, que está a la cabeza del régimen totalitario, perturba con su inconsistencia totalitaria al capitalista dentro de sí (cuyos intereses están claramente identificados significativamente con la acumulación personal de riquezas).

La personalidad primaria, de burócrata impulsivo, totalitario y mesiánico, está profundamente arraigada en la psiquis de Ortega. No obstante, la personalidad capitalista le produce mayor satisfacción ideológica y material. Ésta le da un sentido de poder más universal, que se impone y se reproduce por sí solo. De manera que su independencia burocrática, lentamente va siendo absorbida por los intereses de la clase, a la cual, ahora, pertenece con inmensa prominencia.

El burócrata y el capitalista –como el señor Hyde y el doctor Jekyll- se debieron enfrentar públicamente, por un impulso torpe de trastorno disociativo de identidad (que los funcionarios de TELCOR, en obediencia a Ortega, manejaron abusivamente, sin la menor y elemental asesoría jurídica y política).

En esta tercia ridícula para la sociedad, por falta de una elemental previsión de TELCOR respecto a un abuso irracional sobre los derechos constitucionales, tendría que perder el burócrata, con severas consecuencias políticas para el absolutismo. En esta pugna, mientras más rápido se adoptase la salida más racional, menos sufriría el régimen por tener que dar marcha atrás públicamente, por primera vez. Ha sido, sin embargo, una evidente y clamorosa derrota del voluntarismo caudillista.

No obstante, esta derrota política no ocurre aisladamente, como una solución mental de un conflicto psíquico. La nación entera ha preanunciado el resultado del enfrentamiento jurídico que involucró directamente al sector empresarial del COSEP (el cual expuso públicamente su decisión de desacato ante el abuso constitucional del acuerdo ministerial 005-2013 emitido por TELCOR, el pasado 22 de marzo).

La enseñanza de esta significativa derrota de Ortega, es que el régimen totalitario puede ser vencido si la acción de masas vincula la defensa de sus derechos a una crisis del sistema económico. De modo que el régimen, si pretende actuar abusivamente, por encima de la sociedad, como burocracia independiente, debe, efectivamente, verse aislado ante una respuesta organizada en su contra. Pero no bajo la dirección del COSEP. Más bien, al contrario.

Lo prioritario, por consiguiente, para la lucha democrática de masas, es romper la miserable alianza del poder económico con el régimen absolutista de Ortega. Esta estrategia, de aislamiento político del régimen es posible en la medida que el régimen absolutista provoque tal reacción de masas, de forma que directamente se vea afectado seriamente el sector económico.

Al fin, el desacato será general, y el absolutismo orteguista será totalmente derribado, como ya ocurrió en el pasado con el somocismo (con la experiencia actual, de que los comités de lucha impidan, desde el primer día, que la burocracia estatal forme un autónomo aparato totalitario, como el que vivimos en la era pos somocista).

* Ingeniero eléctrico