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La permanente campaña de los ingleses en contra de los jesuitas no sorprende a nadie; desde la reforma anglicana introducida por Enrique VIII la antipatía de los cristianos del Reino Unido hacia los católicos de Roma, los papistas, como despectivamente los llaman, era evidente. Los católicos fueron por siglos proscritos de toda función pública y de acceder al poder político. Las iniciativas en contra de estas minorías no fueron solamente literarias. Los prejuicios llegaron a tal punto de culpar a los católicos del “Great Fire” que arrasó con Londres en 1666.

A menudo los jesuitas venían asociados con las ciencias ocultas, artes mágicas, alquimia, incluso hacían uso de ciertas sutilezas del pensamiento fantasmagórico, fraudulento, distorsionador; su fama incendió la imaginación de escritores como Alejandro Dumas. En sus “Cuatro Mosqueteros”, uno de sus protagonistas en forma profética, Aramis, declara ser el general de la compañía, depositario de un secreto que lo catapultaría al trono de San Pedro.

La crítica más pesada fue siempre de conducir una doble moral. La polémica entre jansenistas (de Jansenio), cuya doctrina tendía a limitar la libertad humana partiendo de que la gracia se concede a ciertos y se niega a otros, y los jesuitas, hizo época. Blass Pascal (un jansenista 1623-1662) en sus “Cartas Provinciales” está convencido que la moral jesuita ha minado la del pueblo convirtiéndolos en personas hipócritas que acomodándose a las apariencias desdeñan la sustancia.

Era el 15 de agosto de 1534, día de la Asunción de María al cielo (que desde 1950 será dogma de fe) cuando seis estudiantes de la facultad de teología de la Sorbona en París con un solo sacerdote de nacionalidad francesa, mediante el vínculo de los votos de castidad, pobreza, obediencia y completa sumisión al Papa deciden constituir “La Compañía del Orden de Jesús”. Se trata de Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Nicolás Bobadilla, Alfonso Salmerón, Sebastián Laynes; todos ellos de nacionalidad española, y padre Pierre Favre, conocido como Pedro Fabro, francés, junto con el portugués Simón Rodríguez.

Aquel día en París, ciudad fatal, como todos los días en esos tristes tiempos, hubo acciones de vandalismo en contra de la virgen María, muertos y centenares de arrestados. Los protestantes marchaban con manifiestos ironizando sobre uno de los dogmas católicos “l´hoc est corpus” o transustanciación, es decir la conversión de la hostia en el cuerpo de Cristo durante el sacramento de la eucaristía. Francisco I Valois rey de Francia, entre reliquias y antorchas al frente de una procesión ratificó en aquellas horas de tensión su condición de monarca católico en la confrontación religiosa que ensangrentaba a Europa.

En 1517 Lutero inició el movimiento de reforma, en 1532 Enrique VIII separó la Iglesia anglicana de la tutela del vicario de Cristo. Por primera vez desde su fundación la iglesia de Roma era convulsionada en su más dramática división. Poblaciones enteras y extensos territorios escapan a su jurisdicción. El concilio de Trento y la contrarreforma son inminentes. Nuevas fuerzas se ensayan para combatir la reforma.

* El autor es médico. Fue ministro de Salud,

diputado y diplomático