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Posteriormente a su ordenación y definitivamente instalados en Roma en 1540, los jesuitas vienen reconocidos como orden por el Papa Paolo III, quien les asigna la misión de catequizar a los niños de la ciudad nombrando a Ignacio de Loyola al cargo de Superior General. Paolo III fue el fundador de los órganos de inteligencia y represión que fueron puestos en marcha para combatir la reforma dentro y fuera del ámbito de la iglesia.

Ignacio nació en Loyola en 1491, un año antes del descubrimiento de América, en la provincia vasca de Guipúzcoa, a pocos kilómetros de San Sebastián, en el seno de una familia de baja nobleza que desde sus comienzos lo orientó hacia la vida militar. Hombre de extraordinaria personalidad y débil constitución física, su Hagiografía repite el tránsito común de la edad desenfrenada: disipación, banquetes, mujeres, fiestas y armas. En Pamplona, en una de las tantas guerras contra los franceses viene herido, y durante su demencia mezcla la lectura de novelas caballerescas y descubre el evangelio de Jesús, quedando fulminado.

En el Monasterio de Montserrat de Cataluña delante de la virgen María, llamada “la morena”, en 1522 depone las armas y cambia la espada por el cayado de peregrino, el manto por una vieja túnica y endosando sandalias de penitencia emprende viaje más allá de los límites de Europa llegando hasta Jerusalén. Regresa a España donde se empeña en su actividad teológica. En 1528 lo encontramos en París en la Sorbona junto con los compañeros con quienes funda la compañía.

Estudioso y teórico, su quebrantada salud le limitó sus desplazamientos. Su doctrina fue disciplina continua con una práctica de la fe muy parecida aquella de una milicia castrense. Su obediencia militar, a la cual fue destinado por sus padres la codificó en favor de la iglesia y de su supremo pastor: el Papa.

A Francisco Javier, también español, le asignaron el rol táctico de evangelizar el extremo oriente, la ruta de los condimentos, vital para el comercio de Europa. Nacido en Navarra de una familia noble caída en desgracia por las confiscaciones ordenadas por Fernando “el católico” después de su victoria sobre los autonomistas de Navarra filofranceses. Huyendo de la indigencia Francisco se refugia en París donde adquiere la categoría de experto en teología. Su planificada aventura lo lleva a India y Japón a comienzo del año 1540 en la fecha cuando el orden viene oficializado.

Durante diez años Francisco evangelizó con poco éxito el extremo oriente y, queriendo llegar hasta China, muere a los 46 años en la isla de Sanchang, frente a las costas de Cantón. Más tarde sus restos fueron trasladados a Goa, India, donde fueron venerados y por el poder milagroso que le habían asignado sus fanáticos lo descuartizaron, y sus partes fueron distribuidas en los cuatro confines del planeta.

En 1614 un brazo del santo llegó a Roma, a la basílica de Jesús donde actualmente es conservado como reliquia. El agua de Javier, simple agua de fuente, tenía para los Europeos propiedades curativas y mezclada al agua de Loyola era un remedio eficaz contra los parásitos. En Baviera, Alemania, bien entrado el siglo XVIII, la imagen de Javier colgada a la entrada de los establos y protegía presuntamente al ganado de la acción maligna de Luzbel.

El célebre retrato de Murillo, muestra a Francisco Javier macilento, lánguido, apoyado a un bastón, con los ojos en contemplación hacia un cielo abierto por la luz. Chinos y japoneses resistieron a la penetración de occidente que por esta vez ofertando una nueva religión, intentaban someterlos, no fue así con el descubrimiento de América en 1492 donde la estrategia religiosa jugó un papel fundamental para que los españoles y portugueses tomaran posesión de tierras, poblaciones y recursos por mandato divino de acuerdo a Bula del papa Alejandro VI.

Francisco Javier e Ignacio de Loyola fueron dos existencias diversas consumidas por la misma pasión: la batalla por la verdadera fe, respuesta católica en contra de la herejía protestante y la evangelización llevada hasta las extremas fronteras con el objeto de ampliar la influencia y dominio de las potencias imperiales de Europa.

La fuente de los cuatro ríos de plaza Navona en Roma, obra maestra renacentista, donde además de los conocidos Nilo y Danubio, vienen representados ríos de continentes lejanos como el Gange y el río de la Plata, fue idea genial, que asaltó al gran Bernini, después de haber leído los relatos de los viajes de los jesuitas.

 

* El autor es médico. Fue ministro de Salud,

diputado y diplomático