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La palabra obediencia se encuentra al centro de la doctrina de Ignacio de Loyola, no menos de cuanto no se encuentre en un cuartel militar. Los aspirantes a la congregación deben ser dotados de capacidades notables, de clara fortaleza espiritual, facilidad y dominio del lenguaje y enmarcar su vida conforme a estrictas normas disciplinarias.

Uno de los siete fundadores de la compañía Simón Rodríguez, sostenido financieramente por el rey de Portugal, educaba a los novicios con rigor prusiano, obligándolos a practicar el ayuno y la autoflagelación y según algunos, quizás rivales, los penalizaba a rezar delante de cadáveres en celdas aisladas.

En su escrito “Ligne de Foi: la compagnie de Jesus et l´esclavage dans le processus de formation de la societé coloniale en Amerique portugaise”, Carlos Alberto de Moura Ribeiro Zeron relata que hasta cuando vinieron expulsados del Brasil en 1759 los jesuitas habían explotados mano de obra indígena y africana practicando el comercio de esclavos con Angola.

Instrumento para fortalecer y purificar el alma son los ejercicios espirituales, invención de san Ignacio, medio para acercarnos al proyecto divino. Con la ayuda de un director espiritual, en un entorno apropiado y silencioso, meditando las 24 horas por cuatro semanas de seguida sobre la vida del Nazareno, podemos captar los mensajes llegados del cielo hasta alcanzar finalmente el estado privilegiado de la “Contemplatio Amorem”.

Contemporáneamente a este banquete espiritual, ampliamente difundido en toda la feligresía, los jesuitas muestran una disciplina que alcanza la entera comunidad del orden. Por la semejanza de esta disciplina con la de una unidad militar a los jesuitas se les asigna el rol de ejército de su santidad. Fue Ignacio quien redactó el código de disciplina y la hermética jerarquía al vértice de la cual se encuentra el papa: “Creeré que el blanco que veo es negro, si la iglesia así lo manda”, célebre slogan que simbólicamente encierra una total obediencia y sumisión.

En el colegio romano fundado en 1584 funcionó hasta 1773, año de su clausura temporal, la escuela de formación de los jesuitas en Roma. Pío VII restableció el orden al final de la aventura napoleónica en 1814, con la reapertura del colegio que fue cerrado definitivamente en 1870 y confiscado por el Reino Unido de Italia, siendo más tarde, asignado a la pública administración.

Una lealtad de los jesuitas hacia el papa tuvo como escenario Nicaragua durante el gobierno de Joaquín Zavala (1879-1883) quien con su predecesor Pedro Joaquín Chamorro inició las obras de modernización de la infraestructura del país, particularmente en el área del ferrocarril y del telégrafo. Como consecuencia de la ejecución de las obras del tendido telegráfico hacia los departamentos septentrionales, mayoritariamente realizada con población indígena, se desencadenó la rebelión de este sector, la más importante que registra la historia nacional.

El resultado de esta rebelión fue una represión brutal, con centenares de muertos en la fila de los indios y la expulsión de los jesuitas. Zavala, de pensamiento positivista, tenía poco respeto por estos agentes del papa Pío IX (1846-1878) quien con su encíclica “Quanta Cura” y su anexo “Sillabo” denunciaba los errores de la modernidad. El “Sillabo” es un documento que condena abiertamente el progreso y todo lo que se arrastraba detrás: el liberalismo, la civilización moderna, la libertad de prensa y de pensamiento, el divorcio, la abolición del poder temporal y separación Estado-Iglesia, el laicismo etc.

Los tiempos corren, las novedades se presentan en cada campo, las renovaciones y los cambios radicales en la industria, en la política, en las luchas sociales, en los medios de comunicación son arrolladores. Es como si el mundo habitual en el cual el Papa y toda su generación habitaba se desmoronaba por la acción de nuevas fuerzas que pretendían edificar la mal llamada modernidad.

Por ironía de la historia, el presidente Zavala es el mismo que en ocasión de la inauguración de la Biblioteca Nacional el 1 de enero de 1882, revoca en los días siguientes el decreto de beca a París, Francia, del niño poeta Rubén Darío, quien en presencia del jefe de gobierno granadino y de la más rancia élite conservadora recita su poema “El libro”, de fuerte contenido anticlerical, en el cual, refiriéndose al Papa, dice: “Allá está, su trono se bambolea porque el soplo de la idea su trono derribará. ¿Sabéis quién es? Vedle allá sobre el alto Vaticano. ¡Contempladlo! Genio insano, apaga todo destello con una estola en el cuello y Sílabo en la mano”.

La referencia a Pío IX (1846-1878) es evidente. En León de Nicaragua para la época fermentaban las ideas del liberalismo asociado al progreso moderno, ideas enriquecidas por la obra de José Leonard, polaco de nacionalidad, ferviente seguidor del positivismo de Auguste Comte, quien nombrado Director del Instituto Nacional de Occidente logró formar una verdadera escuela anticlerical. Los jesuitas conspiraron contra el profesor Leonard sometiéndolo al escarnio de los “patricios criollos” y jugando con la ignorancia ingenua de los marginados lograron satanizarlo. Los eventos de Matagalpa, con su carga de dolor y muerte, fue para algunos la abierta oposición de los jesuitas a las ideas de progreso que poblaban el cerebro de Joaquín Zavala.

 

* El autor es médico. Fue ministro de Salud,

diputado y diplomático