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Quizá por esas bayuncadas que tiene la vida la Dignipcia Cerrato viajó del recóndito y bucólico Valle de Gottel a las Europas. En cierta ocasión fue invitada a un restaurante de postín, le sirvieron de entrada un delicioso touche-pour-fortieri y al sólo probarlo Dignipcia exclamó: ¡Aaggh! ¡Pufff! ¡Qué cosa más horrible! Lo que soy yo prefiero mi mondongo de pata. ¡No hay como mi mondongo de pata!

Más allá de la mala educación de la paisana, debemos decir a su favor que no hizo otra cosa que proclamar la excelencia del mondongo, la sopa que es el amor de los amores de los nicaragüenses: El Divino Mondongo.

“¡Herejía, eso es sopa-latría!”, gritaran los católicos fundamentalistas que viven vomitando basiliscos contra el ingeniero Pedro Cuadra y que proclaman el dogma culinario del “comer sano” citando a Timoteo, Efesios, Corintios, Juan, Chucho, Jacinto y José.

Pero es que el mondongo se las trae. Su nombre ha dado fama a lugares como Masatepe y después a Masaya. Incluso existe “La ópera del mondongo” y Carlos Mejía Godoy lo ensalza por el tufito. Y ¿qué me dice del afamado mondongo del doctor Humberto López allá en Belmonte.

Debo decirle que el mondongo forma parte indeleble de la historia gastronómica, festiva y jacarandosa de los managuas. Allá por los años cuarenta ricos y palmados se deleitaban con el sabroso mondongo de doña Rosa Dormes, que estaba ubicado de la Sala Evangélica dos cuadras al Lago. Al entrar al local lo primero que llamaba la atención era la corpulenta señora que con un cucharón enorme de madera, meneaba la sopa que hervía en un gran caldero. Con singular maestría sacaba una responsable ración del caldo -costaba 25 centavos-, que servía muy bien dotada de suculentas piezas de pretina, toalla, patitas y chombón.

“El Gallazo” fue otra mondonguería afamada a la que acudía con mis fraternos amigos, León Olivares Cortés y Jorge Sánchez Espinosa. Leoncito tenia “pata” en ese establecimiento y cuando le preguntaban cómo quería el servicio, muy importante y solemne respondía: “Como de costumbre”, de modo que nos ponían la gran taza, y por aparte cebollita picada en jugo de limón, chilito congo de la casa, tortillitas tostadas y el inefable trago de Chilita. Vida… ¿Por qué no eres eterna?

Estoy claro que los nicas tenemos otras sopas deliciosas. La sopa de frijoles (cuya elaboración ha causado desavenencias entre Cucaracha Padre, de León, y Cucaracha hijo de Managua (el chicharrón es la piedra de escándalo). Riquísima es la sopa de gallina india del Trébol, la de chombón de “El Zepolazo” y remitiéndonos a la vieja Managua para mí eran noches de manteles largos cuando llegaba a “La Nacional” de Chepito, en la Casa de las Princesas del Dólar, a tomar una sopa de punche con leche.

También existen otras sopas que no necesitan de buenos gourmet de fachada: la sopa de cola, la sopa de queso, la sopa marinera, la sopa de albóndigas, y otras tantas, pero la de mondongo no solamente es buena un día o una temporada, sino siempre, porque su feligresía es fiel hasta la muerte.

Y hablando de sopas permítanme contarles que a los habitantes de Río San Juan no les gusta que les digan “sanjuaneños” y reclaman que ellos son “río-sanjuaneños”. Pues bien, un “río-sanjuaneño”, don Arturo Aguirre Marín, se propuso traer a Managua la llamada “Sopa Magüesa”, que constituye un viagra natural que elaboraba en San Carlos la familia Aguirre.

Esta “Sopa Magüesa” se vende ahora allá en Sabanagrande y dicen que pronto estará a la orden de los buenos comensales en la casa de Pablito Centeno Gómez (Carretera a Masaya). Pues bien, cuando pregunté por qué la Sopa Magüesa era tan maravillosa y cuáles eran sus dones afrodisíacos, me instruyeron: “La Sopa Magüesa a los hombres se los pone pandos y gruesos, y a las mujeres las fortifica, las regenera y les da fuerza en las caderas”.

Pero insisto, nuestra sopa reina es el Mondongo. Otra cosa será si a usted se le antoja mezclarla con la Sopa Magüesa, “a ver si aguanta mi corazón amante”, diría el poeta José Cuadra Vega, cuya doña Julia hizo una vez una perolada de mondongo para invitar a tres poetas amigos; llegaron como cincuenta aedos hambrientos y aquello fue un festín de buitres. Ni la arrancada se le vio al famoso mondongo de la amada y amante doña Julia.

 

* Catedrático de Periodismo