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Nietzsche ha sido frecuentemente mal interpretado. Un prestigioso colaborador de la página de opinión (END, 26 enero 2013) lo califica de nihilista. Según el Larousse, nihilismo es la negación de toda creencia.

Rubén Darío, siempre errático, dice de Nietzsche: “El último, verdadero y peligroso enemigo de toda creencia en el pensamiento contemporáneo, ha sido la obra del anticristo alemán, que fue empujado por una espada de fuego hasta un manicomio”. Unamuno tampoco lo entendió, y desbarra diciendo: “La grosera y blasfema escuela de Nietzsche a favor del llamado superhombre”.

Uno de los biógrafos de Nietzsche aclara: “El superhombre, otra de las ideas fundamentales de su doctrina, y a la vez tan tergiversada “como la voluntad de poder”, no es un superman de ficción, sino la afirmación del hombre como ideal alcanzable desde el hombre, cuya superación no es más que el desarrollo progresivo de sus cualidades. Es una esperanzada pretensión utópica, como afirmación de la individualidad frente al temor de una masificación creciente y amorfa”.

Es por eso que Nietzsche ejemplariza a Napoleón Bonaparte como el arquetipo del superhombre, definiéndolo como “síntesis de humanidad y superhombre”. ¿Quién ignora que un advenedizo como Napoleón, hizo que se inclinaran ante él los legítimos príncipes de la sangre de Europa entera? Ortega y Gasset afirma: “Los que viven sin esfuerzo de superación sobre sí mismos, son boyas que van a la deriva”.

Respecto a las creencias religiosas, es improcedente calificar a Nietzsche de nihilista. Escuchémosle: “Lo que hay bajo la epidermis humana es algo horrible, una ofensa a Dios y al amor”. De Jesucristo expresa: “Este mensajero de la “buena nueva” murió del mismo modo que vivió, como lo había enseñado: la forma como se comportó ante sus jueces, sus verdugos y sus acusadores, frente a todas las calumnias y burlas que hubo de sufrir; su actitud cuando estaba clavado en la cruz. No ofreció resistencia, no hizo lo más mínimo para alejar de sí la situación extrema a la que se vio abocado; más aún, la provocó. Oró, sufrió, amó a quien le causó dolor. No se defendió, no montó en cólera, no hizo a nadie responsable; por el contrario, no ofreció resistencia a los malos, a los que amó”.

Si en el campo de la política fue nihilista, sus razones tuvo. Escuchemos el tronar de su artillería pesada: “¿Estado? ¿Qué es eso? ¡Bien! Abrid los oídos, pues voy a deciros sobre la muerte de los pueblos: Estado se llama el más frío de todos los monstruos fríos. Es frío incluso cuando miente; y ésta es la mentira que se desliza de su boca: ¡Yo el Estado, soy el pueblo! ¡Es una mentira! Creadores fueron los que fundaron pueblos y suspendieron encima de ellos una fe y un amor: así sirvieron a la vida. Aniquiladores son quienes ponen trampas para muchos y los llaman Estado: éstos suspendieron encima de ellos una espada y cien concupiscencias. Donde todavía hay pueblo, éste no comprende al Estado y lo odia considerándolo mal de ojo y pecado contra las costumbres y derechos. Todos quieren llegar al trono: su demencia consiste en creer que la felicidad se asienta en el trono. Con frecuencia es el fango el que se asienta en el trono, y a menudo el trono se asienta en el fango”.

¿Miente Nietzsche? Hay que tener mucho cuidado con lo que se lee y a quién se lee. Existen lazarillos que pueden empaquetarnos la mente en el caos de la confusión, la duda o el engaño. Un ejemplo de ello es el madrileño Luis Marañón, que en su obra “Cultura española y América hispana”, afirma: “Bolívar el Libertador, llegará a decir que las elecciones son el gran azote de las repúblicas”. Bolívar dijo otra cosa: “La continuación de la autoridad en su solo individuo ha sido el término de los gobiernos democráticos. Las repetidas elecciones son esenciales en los sistemas populares, porque nada es tan peligroso como el dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano, el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía. Un justo celo es la garantía de la libertad republicana, y nuestros ciudadanos deben temer con sobrada justicia, que el mismo magistrado que los ha mandado mucho tiempo, los mande perpetuamente”. Discurso de Angostura, 15 de septiembre de 1819.

No hay que confundir el positivismo con el nihilismo, estimado profesor. Según Alejandro Serrano Caldera: “Jamás ha existido un pensador más radical y absolutamente demoledor que Nietzsche”.

 

* Escritor autodidacta