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Bajo el presupuesto que Dios no existe –disecado en su mente relativa y evolucionista— el ateo agradece no tener escrúpulos que condenen una conducta inmoral. Esto hereda como consecuencia, la justificación de la amoralidad.

¿Qué ventajas tiene llamar a lo malo, bueno y a lo bueno, malo? Se justifica “mi verdad” ante la que no me conviene: “tu verdad no es la mía y eres un fanático intolerante”. Los escépticos argumentan: ¿Por qué necesitamos de un Dios que nos arruine la fiesta? Richard Dawkins aconseja vivir la vida sin inhibiciones en un hedonismo existencial porque “Él no es real.”

Inmortalizando a Dostoievski, en su clásica frase de Iván Karamazov: “Si Dios no existe, todo está permitido”. Sartre señala: solo queda el hombre con su circunstancia y su libertad para hacer lo que le plazca. Rechazar el “vale todo” de Feyerabend, nos coloca en una situación incómoda. Ser rechazados por una sociedad relativista que intenta derrumbar los obstáculos que existen entre bien y mal.

En el relativismo, el origen de las ideas religiosas “surge de un saco de sueños que la gente inculta confunde con la realidad.” De esto se encargó la moral de Spencer con su decimonónica filosofía evolucionista plagada de cientificismo. Un frustrado intento mecanicista para explicar las manifestaciones del espíritu como una moral del interés.

En su obra, El cerebro moral, Patricia Churchland., se cuestiona: “¿Qué es la moralidad? ¿De dónde procede?” Propone una filosofía moral de la vida con un fundamento neurológico cuyos datos no avalan una ética universal. Sin aclarar cómo lograr un nuevo contrato social o una moral colectiva que se acople con los seres humanos extendiendo los vínculos de pequeños grupos. Un razonamiento moral intrascendente colmado de prejuicios teóricos.

Entender que la moral es relativa a una costumbre y no una obligación trascendental de la humanidad nos induce a creer que todos los juicios morales resultan de la combinación de procesos intuitivos, afectivos y cognitivos originados en regiones –circunvoluciones frontal y temporal— cerebrales específicas. Un substrato neuronal de la inmoralidad se justificaría a través de estas vías, lo cual alimenta al ateísmo de evidencias instintivas animales, ausentes de un Creador.

No obstante, en un estudio realizado en 2003 por Moll y Oliveira se determinó que “las emociones no intervienen en la generación de los juicios morales, sino en la modulación de la conducta en concordancia con el juicio moral.” Los trastornos del comportamiento observados en pacientes con lesiones cerebrales sugieren que las capacidades de razonamiento explícito no permiten predecir las conductas morales. Estas son moduladas por las emociones éticas.

Ahora bien, si la moral es una resultante de la evolución neurobiológica ¿Cómo explicar que un comportamiento genéticamente determinado presenta una importante variabilidad en la especie humana? Damasio y Hauser observaron en pacientes con graves alteraciones en el cortex pre frontal medio – nodo primordial de la red emocional encefálica— que “los dilemas morales que dividen a la mayor parte de las personas no afectó a los pacientes estudiados.”

¿Qué sugiere esto? Que el juicio moral independiente, obedece al razonamiento consciente asociado a la cultura individual, normas éticas, costumbres o fe religiosa que definen los valores con que actuamos. La capacidad humana —no animal o simiesca— de respuesta ante la adversidad y toma de decisiones morales es muy compleja. Reducirla a una alteración cerebral es un razonamiento sesgado e insuficiente que no comprende el infinito mosaico de la moralidad.

Una inmoralidad relativa puede mostrarse de acuerdo con el incesto y la zoofilia. En una época de deconstrucción cultural, el relativismo es una filosofía social peligrosa. Y considerarla como algo saludable, denota un grave riesgo para los humanos.

 

* Médico cirujano