Jorge Eduardo Arellano
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(1) LA INJERENCIA
Antes que nadie quiso opinar Caresol: “Aparte de que el hombre sin cabezas despotrique en el canal oficial de televisión contra los escritores que le corrigieron su primer libro, los monarcas quieren un país en silencio. El hombre sin cabezas habla sin parar. El hombre sin cabezas tiene un segundo libro con un título histérico, pero ello no explica su histérica fijación con Sergio Ramírez. Lo denigra oficiosamente, casi con locura. El caso es que los monarcas, aparte de la locura azul del hombre sin cabezas, quieren un país en silencio. Un país sumiso. Un pueblo domesticado, sin preguntas ni respuestas, y para ello preparan un Ejército y una Policía partidarios.

Las señales ya se han visto y los pasos ya han sido dados. El ciudadano sin poder que quiera opinar, es un injerencista. El monarca, para parecer patriota, sí se puede inmiscuir en los asuntos internos de otros países; pero el nicaragüense no tiene derecho ni a saber en qué consiste el negocio con Venezuela y sobre todo quiénes y cómo se están beneficiando de ello. Es mejor que los medios no pregunten, pues si lo hacen serían traidores a la patria.

Es mejor no saber nada de lo que hace el Ejército, pues su jefe nos puede aplastar con un tanque. Ya hasta los discursos del General y del Caudillo se parecen. Nos pueden acusar de cualquier cosa para meternos en miedo. Todo es secreto en el gobierno y a los extranjeros se les advierte que no opinen. También se quiere meter en miedo a la comunidad internacional. ¿Opinar es injerencismo? Dice un viejo adagio que quien no las debe no las teme. Parece que ése no es el caso de esta monarquía. Si opinamos somos injerencistas, y si somos injerencistas somos de la CIA, y si somos de la CIA somos traidores a la patria. El futuro de los medios de comunicación es el de ser cortesanos o mudos. La monarquía quiere un país en silencio. ¡La monarquía necesita un país en silencio!”.


(2) LOS INTOCABLES INFALIBLES
Dijo el de Managua: “Pero también los monarcas tienen miedo. Algo de conciencia les quedará que les dice que están obrando mal, y su reacción es mandar a construirse un palacio inexpugnable. Viven y despachan dentro de él y muros y cercas los protegen. Con oraciones o demandas, da igual, mandan a callar a los fantasmas que los acechan. Entonces la estrategia de nuestros verdugos es hacer el papel de víctimas. El rey dispara ráfagas de acusaciones de que quieren matar a la reina y a la vez sus vasallos acusan al pueblo de querer dispararle al rey. El absurdo escenario que se monta es en realidad el de las palomas queriendo matar a las escopetas. Incluso uno de sus vasallos, antaño señor principal y quizás aterrorizado ahora, reniega de la verdad y se presta a hacer de un montaje de juicio, supuestos ataques del enjuiciado y sus hermanos contra todos los gobiernos de izquierda, el ALBA y un héroe de Solentiname. Lo desmiente nada menos que la madre de ese héroe y el vasallo calla. Todo el mundo sabe que se enjuicia a ecce homo por razones políticas y por odio. Defenderlo no es estar contra la izquierda latinoamericana, y hasta los escritores cubanos lo han entendido así. Defenderlo es estar con el amor, la verdad y la justicia. Por otra parte es necesario que se comprenda que necesitamos un país en donde quien ejerza cualquier función, sea digno de ser tocado por la opinión pública. No queremos un país de intocables infalibles.”


(3) EL CIELO
Dijo el de Masatepe: “No pocos hemos tenido la sensación de que es mejor morirse a estar viviendo lo que estamos muriendo. Otros, quizás con posibilidades económicas, piensan que es mejor irse a morir a otra parte. Yo soy partidario de que nos muramos aquí dando la batalla, aunque sea tan sólo caminando como lo estamos haciendo, y hablando entre nosotros. Lo que pasa es que sentimos que poco a poco se nos va quitando el oxigeno de la libertad y que nos vamos adormeciendo. Cuando matan a un pobre animal sin esperanzas de vida, dicen que lo pusieron a dormir. ¿Nos estarán poniendo a dormir? El caso es que el otro día soñé que me había muerto, y al llegar al paraíso me abrió la puerta nuestro Monseñor de los Pobres. Muy contento me dijo que habían jubilado a San Pedro y que ahora él tenía la chamba de portero. Al oír mi voz, saltando alegremente y meneando su enorme rabo, llegó Sherlock, quien ya no se me separó. Mis gratas sorpresas iban en aumento y en un momento se me salió una exclamación: ¡Pero si allá está Pinedita!, mientras éste se me acercaba volando para darme un abrazo. Me encontré feliz en aquel paraíso lleno de amigos queridos que iban a mi encuentro, como el Padre Ángel Martínez Baigorri, quien me presentó a Tellard de Chardin. Fue así como esa vez, por toda la eternidad disfruté de la fraternidad.”


luisrochaurtecho@yahoo.es