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Hablan las loras, las urracas y algunas otras aves, y lo hacen con la fonética y gramática de sus dueños sin que ello menoscabe la simpatía que estas parlanchinas emplumadas provocan en grandes y chicos.

Pero si la pluma se lleva como instrumento de trabajo en la importante tarea del comunicador, la palabra debe ser precisa, orientadora, educativa; sin expresiones que sobren ni dicciones que falten; con verbo que contribuya a mejorar el habla popular en vez de atiborrarla de voces ridículas e innecesarias.

El periodismo “chatarra” introdujo en nuestro país el uso de “lo que es”, y tan vulgar e inútil expresión ha proliferado de manera asombrosa en todos los estratos sociales de nuestra patria.

“(…) recibió un golpe en lo que es la nuca y el ciudadano fue llevado a lo que es el hospital Lenín Fonseca” (como si el protagonista de la noticia estuviera en ella en función de sus derechos políticos y no por su condición de herido, lesionado o víctima).

Lamentablemente para los nicaragüenses, en el séquito de aduladores de nuestro Presidente no hay uno solo que le haga notar que el patriotismo de su discurso se esfumina cuando lo presenta de esta manera: “(…) inyectarle 600 millones a lo que es el acopio (…); (…) hace una defensa de lo que es la posición de Nicaragua (…); (…) cerremos filas alrededor de lo que es la defensa (…); (…) jugar con lo que es la integridad del país(…); (…) lo que es el subsidio para el transporte (…); (…) después explicaré lo que es el (…), etc. Por su parte, el honorable magistrado declara: “Se está trabajando en lo que es la cedulación”.

Esta frase tendría sentido si se usara como la usó Cristo para eludir sus obligaciones patrióticas, pese a que su suerte estaba echada: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

Es increíble que los que usan esta vacía expresión no se hayan puesto a pensar en que ese necio agregado no imprime más significado a lo dicho. Por algo dice Mariano de Cavia en su libro “Limpia y fija”: “El buen gusto y la sindéresis son cualidades que no se adquieren con tanta facilidad como las frases hechas, las locuciones de cajón y los términos de moda”.

Por su parte, Rafael Bielsa, en “Los conceptos jurídicos y su terminología”, piensa de esta manera: “El idioma, como exteriorización de ideas y de sentimientos, debe tener decoro. Cuando gobiernan ciudadanos que son hombres guiones porque su cultura, sabiduría y decoro son prendas de educación del pueblo, éste se eleva; cuando ocurre lo contrario y el que pretende gobernar se allana a la inferioridad, ese pueblo, en lugar de elevarse, desciende y se degrada”.

Invoco a Bielsa al recordar a los SANCHOS que han precedido al actual gobernante.

Una nueva lacra se cierne sobre nuestras cabezas y la mueve el afán de hablar “elegantemente”. “(…) la rifa de una motocicleta con combustible in-clu-i-do”. “La policía procedió a des-tru-ir 1460 armas de fuego”.

Si se juntan dos vocales cerradas, ambas estarán en la misma sílaba. Ocurre lo contrario si éstas son abiertas. Saber qué hacer cuando hay concurrencia de vocales es de gran importancia en la aplicación de las reglas generales de acentuación.

Nuestro querido Cardenal no se queda atrás en materia de solecismos, cuando combina lo secular con lo sacro. Como lo profano no conlleva el don de la infalibilidad, el prelado debería meditar cada palabra de sus mensajes a sus correligionarios-feligreses.

Si el purpurado emplea el verbo “deber” con su significado de obligatoriedad, no debe agregar a la forma verbal conjugada la preposición de: “(…) debemos cuidar el camino por donde transitamos (…)”, porque la forma perifrástica “debe de”, significa posibilidad: “La carretera debe de estar destruida por las lluvias”. Pero al decir: (…) “tengo la firme convicción que los seguidores de Cristo (…)”, el Ilustrísimo está cometiendo un error, pues se tiene convicción de que.

En el campo jurídico el uso de la perífrasis “debe de”, debería ser poco común por el carácter coercitivo de las leyes. No obstante, es muy frecuente su aplicación para indicar obligación, cuando en realidad sólo indica presunción.

A propósito de Derecho, son muchos los términos del lenguaje forense que se utilizan inadecuadamente.

En la clase introductoria de la cátedra de redacción jurídica de la Universidad Centroamericana, solía decir a mis alumnos que para considerar provechoso ese curso, bastaría con que al ser profesionales, no pusieran en sus rótulos y papelería, BUFETE JURÍDICO.

Un bufete es el despacho u oficina de uno o más abogados, de tal manera que bufete jurídico es un pleonasmo, o como decimos popularmente, albarda sobre aparejo.

El párrafo introductorio de un escrito generalmente finaliza así: “(…) ante su autoridad comparezco (…)”

Cabe preguntarle a quien así se expresa: ¿ha sido llamado o citado? ¿Ejerce el derecho de acción en representación de otro? Porque quien se presenta en juicio sin llamamiento o quien promueve un recurso como acto originario, parece. Comparecen el demandado, los testigos o el mandatario; los primeros, porque han sido llamados por el juez y el último porque actúa en representación de su mandante.

Recientemente, atropellaron los derechos de algunos abogados litigantes (incluyendo los de mi viejo amigo Sergio Torres). Hasta el diccionario más elemental define litigante como quien es parte en un juicio (demandante-demandado, acusador-acusado) y el artículo 65 del Código de Procedimiento Civil así lo estipula. El abogado no es parte en el juicio, por lo tanto, no es litigante, es la persona que dirige al litigante (segundo párrafo del mismo artículo).

Estipular, significa convenir, contratar, de tal manera que el artículo 65 Pr. no estipula, dispone, con autoridad.

En lo concerniente a la actividad del cartulario, toda universidad debería tener una clase complementaria del derecho notarial, mezcla de lógica, morfología y sintaxis, que elimine los vicios consuetudinarios de la profesión.

Un poco de lógica evitaría que en una escritura de una sola cláusula, el fedatario público expresara una mentira tan evidente, como que el o los comparecientes, quedaron bien instruidos por él, el notario, (…) de las cláusulas generales que aseguran la validez del documento, de las cláusulas especiales que contiene y de las que envuelven renuncias y estipulaciones implícitas y explícitas. Un poco de lógica iluminaría al notario para que se diera cuenta de que no existe la capacidad especial a la que hace referencia en sus escrituras, para ejecutar ese acto específico ante su oficio notarial: (…) quien(es) a mi juicio goza(n) de plena capacidad legal necesaria y suficiente para contratar y obligarse, en especial, para el otorgamiento del presente acto (…)”. Es obvia, además, en esta redacción cajonera, la sobreabundante adjetivación. Promoviéndole el sentido común, cualquier notario advertiría que quien actúa en su propio nombre, lo hace, lógicamente, en su representación; que el domicilio y la residencia son casi la misma cosa y que en todo caso, el primero conlleva la segunda, siempre que no se esté hablando de domicilio legal, ad litem, u otro domicilio especial.

Si se tuviera algún vestigio de conciencia de lo complicado que es el uso del gerundio en nuestra lengua, no se usaría con tanta prodigalidad en los escritos notariales: accionando, siendo, estando, actuando, conteniendo; o con pronombres enclíticos como entregándole, encontrándolo, etc.

Es consolador saber que el uso a veces vence la resistencia académica. En sus orígenes, inculpado significaba sin culpa (in, sin; im, delante de m y p; i, delante de l o r.) Con ese sentido lo emplea el derecho romano: Inculpata tutela; inculpatae tutela moderatio, haciendo referencia a la ausencia de culpa de quien cuida de sus derechos, aun usando la violencia. Hoy significa todo lo contrario.

Interponer, significa poner entre y por lo tanto, este término se aplicaría con más propiedad en los recursos verticales, en los cuales la controversia se pone entre el juez o tribunal a quo y el ad quem.

Una regla gramatical mandaba que las conjugaciones de los verbos cuyos infinitivos terminaran en “cuar” conservaran el diptongo, pero fue tan difícil encontrar juez o letrado que dijera evacua, que recientemente la Real Academia mandó al traste tal disposición para que se pudiera decir evacúa y para que las amas de casa dijeran con elegancia, licúa.

En lo que a litigante se refiere, para los nicaragüenses no bastaría que la ACADEMIA aceptara el uso que aquí se le da, también habría que derogar el artículo 65 del Código de Procedimiento Civil.


O tempora ! O mores!

*El autor ha sido profesor de Historia en la UNAN-MANAGUA; de Español en la Facultad de Estudios Generales de la UCA, y de Redacción Jurídica en la Facultad de Ciencias Jurídicas de la UCA.