Jorge Eduardo Arellano
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EDITORIAL DE EL PAÍS
El Congreso de Estados Unidos rechazó el lunes el plan de rescate financiero elaborado por la Administración de Bush, y abrió un periodo de incertidumbre mientras se negocian nuevas modificaciones en el texto para que pueda recibir el respaldo de la mayoría. La debilidad de la Administración de Bush, incapaz de convencer a los diputados republicanos, late peligrosamente detrás de un fracaso político que el lunes pasó las primeras facturas. Los mercados europeos vivieron el lunes otro lunes negro como una especie de premonición de lo que iba a suceder luego en la Cámara de Representantes, y Wall Street empezó a desplomarse después de conocer el primer rechazo político del plan.

La negativa del Congreso implica que la lucha contra la crisis financiera queda de momento sin referente político mundial. El plan del secretario del Tesoro, Henry Paulson, y del presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, es objetable en sus detalles pero inatacable en sus objetivos y en su orientación política general. Una crisis total de confianza como la que estaba viviendo el sistema financiero mundial --que ha liquidado la banca de inversión en EU, obligó a nacionalizar AIG, la mayor aseguradora americana, y el pasado fin de semana extendió sus tentáculos a Europa forzando las nacionalizaciones del banco francobelga Fortis y del británico Bradford & Bingley-- sólo podía corregirse atacando de raíz el problema de los activos depreciados en su raíz por las hipotecas basura. Políticamente era imprescindible recuperar la confianza eliminando de los balances de las instituciones bancarias los activos que impedían la liquidez.

El plan Paulson-Bernanke respondía básicamente a esas prioridades. El rechazo del Congreso debe leerse en términos estrictamente políticos, como un fracaso de liderazgo en el Partido Demócrata y en el Republicano --95 congresistas demócratas y 133 republicanos votaron en contra del plan-- y como una demostración de que en el bando republicano todavía pesan automatismos rancios contra el intervencionismo en la economía. Cualquier plan de salvamento que pueda articularse en el futuro, sea de inspiración demócrata o republicana, constituirá con mayor o menor intensidad una intervención del Estado, con dinero público, en la economía de mercado de EU. El tiempo de los arreglos financieros privados patrocinados por bancos privados se acabó con Merrill Lynch.

La votación del Congreso abre una crisis sin precedentes. Desde el crash de 1929 hasta el más modesto de 2000, la autoridad política estadounidense siempre gozó de la confianza de las Cámaras para atajar las crisis bursátiles y las recesiones que con frecuencia provocaban. Ahora, la resolución de la crisis, una decisión urgente y prioritaria, queda al albur de una negociación que puede retrasarse.

Después del fracaso político del lunes, lo que les espera a los mercados mundiales hasta que se vote un nuevo plan es más estrangulamiento de la liquidez, con lo cual es muy probable que se reproduzcan las crisis bancarias; más caídas, por tanto, en las Bolsas mundiales, mientras se pactan las modificaciones del plan, bien hacia las reclamaciones demócratas o hacia las exigencias republicanas; nuevas elevaciones en las primas de riesgo, que provocarán a su vez fuertes dificultades en la inversión; y una inquietud creciente, próxima al miedo, por la situación de la economía americana, cuya probabilidad de recesión es tanto mayor cuanto más se tarde en cortar de raíz la desconfianza en el sistema. Cuanto más se tarde en aprobar el plan, más caro y más difícil será el rescate.