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Recientemente se celebró el Día Internacional del Libro en conmemoración de la muerte de Miguel de Cervantes, el autor de Don Quijote. Participé, por tal motivo, en varios actos, en los que fácilmente podíamos ser contados los asistentes. Creo que se trató de una “celebración” entre comillas.

Como una anti-celebración se anunció el cierre del proyecto impulsado por Melvin Wallace, quien en una meritoria labor logró editar, a bajo precio, una buena cantidad de obras. También pensé en la extraordinaria tarea del Centro Nicaragüense de Escritores, en la gran cantidad de libros que por falta de lectores se acumulan en sus bodegas.

Recuerdo con gratitud y nostalgia mis tiempos de joven estudiante del entonces Instituto Nacional Central Ramírez Goyena, a mediados de la década de 1950. Por primera vez tuve la experiencia de buscar libros de consulta, ya que nuestro profesor de literatura, Guillermo Rothschuh Tablada, para cada tema daba una lista de libros a leer.

Fue importante contar con el apoyo del joven Carlos Fonseca Amador, recién bachillerado en el Instituto Nacional de Matagalpa Eliseo Picado, a quien se había nombrado bibliotecario del Goyena. Tanto Guillermo como Carlos nos motivaron a leer, enseñaron formas y métodos para que asimiláramos lo que leíamos.

En poco tiempo, la mayoría de los estudiantes formamos nuestras pequeñas bibliotecas, valiosas por su contenido y no por la cantidad de libros. Gracias a Guillermo y Carlos, fuimos lectores que entre los 16 y 17 años ya habíamos leído a Sartre, Papini, Malaparte, Jardiel Poncela, Juan Ramón Jiménez, Neruda, Steinbeck, Pound, Whitman y otros.

Fuimos estudiosos de la literatura nicaragüense. No solamente la leímos, sino que también compartimos personalmente con los autores. Íbamos a visitar al poeta Alfonso Cortés al hospital de enfermos mentales. Éramos casi discípulos del historiador don Sofonías Salvatierra. Alternábamos con Pablo Antonio Cuadra, Fernando Silva, que fue hasta nuestro Inspector. Emilio Quintana, Manuel Díaz y Sotelo, Francisco Pérez Estrada, Nemesio Porras. Conocimos y conversamos con Manolo Cuadra, ya enfermo de muerte, en la casa de su hermano Josecito.

Carlos Fonseca Amador nos descubrió proyectos relacionados con la lectura que todavía tienen vigencia. Nos comentaba con frecuencia la necesidad de establecer bibliotecas populares en las barberías. Llegó a enviar una carta al Ministro de Educación Pública de entonces, en la que se lo hacía saber. En la revista Segovia, editada por los estudiantes del Instituto de Matagalpa, Carlos publicó la carta, en el número 11, febrero de 1956.

Carlos nos comentaba que las bibliotecas eran sitios elitistas, con difícil acceso para los obreros y mucho menos para los campesinos. Desde la indumentaria misma, la entrada a los lugares donde funcionaban las bibliotecas estaba vedada. Contrario al caso de las barberías, donde no se condiciona el vestuario y el que necesita un servicio tiene que esperar leyendo periódicos o revistas que poco culturizan y educan.

De acuerdo con Carlos, se trata de organizar bibliotecas populares en las barberías, elaborando textos con gráficas que permitan el acceso a temas que comprendan desde Darío a Sandino. Instruir con dibujos y fotos sobre nuestros Próceres y Héroes Nacionales. Nuestros símbolos patrios.

Sería asunto de nombrar una comisión capaz de seleccionar textos y gráficas, elaborar aquellas publicaciones que permitan a nuestras clases populares tener los elementos formativos de nuestra identidad como nicaragüenses. Al igual que Sandino, está pendiente llevar a la práctica el ejemplo y el pensamiento de Carlos. Así como dijo en Pancasán que también se les enseñara a leer a los campesinos, las barberías esperan que se cumpla el pedido que Carlos hiciera hace más de medio siglo.

 

* Periodista-Historiador.