Ernesto Aburto
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Quien no pueda ver que el gobierno electo de Venezuela está sufriendo los embates de un intento de golpe de estado con la oposición interna –partidaria, bancaria, industrial, comercial y latifundista– como punta de lanza, y con el pleno financiamiento, impulso y respaldo de grandes potencias capitalistas del mundo, transnacionales de las finanzas, del petróleo y de los medios de comunicación, no está entendiendo lo que pasa en la patria de Simón Bolívar.

O lo que es peor, forma parte consciente de la macabra conspiración que antaño se ensañó con Guatemala de Arbenz por el banano (1954), Chile de Allende por el cobre y otros metales (1973), Nicaragua de Sandino por su posición estratégica (1990), y más recientemente, con los países árabes del Magreb y del Oriente Medio por la misma causa de Venezuela: el petróleo.

A pesar que el chavismo perdió un millón de votos con respecto a la elección de Hugo Chávez el 7 de octubre anterior, y que la oposición derechista ganó ese mismo millón respecto al mismo evento de octubre, Henrique Capriles entendió la propia noche del domingo 14 que la ganancia era esperanzadora pero que, con más de 200 mil votos de diferencia, estaba legítimamente derrotado.

Por eso hizo un intento documentado de retomar su gubernatura del estado Miranda, pero la maquinaria conspirativa que maneja los hilos ordenó a Capriles la madrugada del 15, que cambiara el guión. Este empezó a desconocer las elecciones que antes tácitamente había reconocido, y se puso a proclamar rabiosos llamados de insurrección en las calles de todo el país para que la gente –según sus palabras grabadas– “descargara su arrechera”.

Por ese “descargue” miles de mujeres cocinan en peroles abollados, pero eso es como risible. Más doloroso fue que, a pesar de no producirse los desbordes populares con que soñaron, piquetes agresores que listos en varias ciudades asesinaron a diez ciudadanos chavistas a quienes los grandes periódicos privados que controlan la prensa nacional y sus también hegemónicos canales de televisión, etiquetaron como víctimas de hechos delictivos aislados, y cuando publicaron los casos, los relegaron a las secciones de Sucesos.

La impugnación de las elecciones del 14 de abril, introducida a nombre de Capriles por el mismo abogado que redactó el decreto Carmona de golpe de estado de abril de 2002, a pesar de sus más de cien páginas, no aporta pruebas de que los comicios del 14 hubieran sido fraudulentos. Pero el objeto es mantener vivo el hilo golpista para sumergir al gobierno en un permanente desgaste y descrédito que, según calculan, propiciará al final del día la intervención de fuerzas extranjeras en Venezuela y el desalojo del chavismo del Palacio Miraflores.

En ese guión se inscribe el show de los diputados derechistas en la Asamblea el martes anterior. Un diputado provocador con casco de motociclista para proteger su cabeza, y una diputada, María Corina Machado, ilesa después del suceso, para luego presentarse con la nariz maquillada de colorete rojo como prueba de las “cuatro fracturas” de tabique nasal que achaca a los chavistas. Pero toda la mentira fue captada por las cámaras de seguridad del parlamento que documentaron a un diputado de derecha lanzando sillas contra sus colegas del otro bando, y a otra diputada del mismo signo repartiendo pitoretas y rociadores de gas paralizante pocos minutos antes de desencadenar el aquelarre.

Dentro del mismo show, el diputado derechista Julio Borges, más de una hora después, llegó a Globovisión con sangre coagulada en el cachete para lograr una imagen que los poderosos canales antigubernamentales y sus aliados internacionales CCC y Univisión expandieron por el mundo. Aquí cayó en la trampa hasta un conocido caricaturista que dibujó a Maduro con dos dedos llenos de sangre parlamentaria.

Nada hubiera sucedido si Maduro hubiera ganado con más de un millón de votos, pero con apenas 200 mil, los poderosos enemigos perfectamente interconectados en Venezuela, Washington, Miami y Bogotá (dicen que también en El Salvador) creyeron tener consigo a la mitad de la población del país, y consideraron que con eso era suficiente para iniciar el proceso de golpe de estado que siguen llevando a cabo entre el entusiasmo de los organizadores y la paciencia del gobierno empeñado en contener a sus simpatizantes para no caer en la provocación.

La pregunta es: ¿Hasta cuándo? Porque al chavismo solamente van a derrocarlo si logran engañar al pueblo con el secuestro de la verdad en sus hegemónicos medios de comunicación, y esa es una lucha tenaz de la cual –sin duda alguna– los revolucionarios de Venezuela también saldrán victoriosos. Así lo están demostrando.

 

* El autor fue periodista, editor y fundador de El Nuevo Diario