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Amanece. Otra cara pintada a la suerte, a la empinada voz de un socorro, a la inmortal piedad de querernos en medio de la ola de peticiones para morir más rápido, o detenernos en la voz de un cuchillo.

La noche se hizo trizas, se vendió al fulgor de las imágenes desaforadas. No le importó, que el péndulo no girara en sus ojos, en su fatal decomiso de alegrías.

La noche se hizo pensando. Quieta, en la médula arisca de la luna. Sin conducta pasiva en la calle, sin agravios rojos de falso profeta. La noche se remontó a la queja de un delirio, a la ruina de los sombreros, que pasan en frente de la mujer que agoniza en sus réplicas de felicidad.

Amanece, y la sabia edad de tu noche se derrocha en tu orilla de esperanza. Hace falta el agua en la comunidad de los hombres desaparecidos. Hace falta el ejemplo en la cueva de los  humillados.

Esta mañana, como cualquier noche de incendio de silencios, el amor se encubre de ciudad de conocerme a mí mismo. Un azul disperso se derrama en tu cabellera. El azul, que se contagia con un lucero egoísta. Sabrás, que fue en la mitad de un soneto, donde nació el aguacero de un te quiero.

La noche abre bisagras con signos de puntuación, para que no se marchite el tesoro de tus labios. Dime, puente o piedra, ¿dónde debo dejar la soledad absoluta?

Siempre llego tarde. Mis horas son insuficientes. Llego tarde, a las comparaciones dónde pierdo el equilibrio y no sé responder a sus andanzas. Y luego, la efímera causa sobre el espejo.

Al abrir las cerraduras  del nombre, las ciudades del cielo, se sueltan en cántaros de mirador cuando llega la noche. 

Amanece. Y no sé de dónde me llaman tus ojos.

 

* Escritor