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Uno de los ejercicios que menos practicamos, tanto a nivel individual como colectivo/organizacional, es sistematizar nuestras experiencias, es decir; revisar lo que hacemos y qué aprendemos de esas acciones.

Yo estudié Antropología social y puedo decir que en los cinco años que me tomó terminar este estudio, no solo aprendí sobre parentesco y método etnográfico. También me tocó desarrollar habilidades personales relacionadas con presentación de argumentos, establecimiento de alianzas, gestión de conflictos, resistencia ante sistemas autoritarios; a transitar de la individualidad a la colectividad para demandar cambios en los sistemas y lo más importante, aprendí a no silenciar mi opinión, a expresarme sin miedo.

Todos y cada uno de estos aprendizajes ocurrieron en el aula de clases, y se relacionaron con todo el proceso educativo en un ambiente/sistema marcado claramente por tres patrones que afectan nuestra educación como proceso personal y como práctica colectiva/social. El primer patrón nocivo es el autoritarismo-adultismo que lo identifico y entiendo como una forma de posicionarse en el mundo social, una serie de actitudes-acciones que limitan el diálogo y las propuestas de cambio.

El segundo patrón es el juicio negativo sobre la crítica-cambio. Se trata de sistemas que se asientan en estructuras rígidas, que alimentan relaciones de poder basadas en el chantaje/manipulación/abuso. Lo cual refuerza el temor en el imaginario de las/los estudiantes que plantea que si hablas la docencia toma represalias, es mejor llevar la fiesta en paz, que nada cambia y más bien te das color. Creer que el silencio es lo mejor.

Un tercer patrón que acompaña esta realidad educativa eran los privilegios hacia las personas que compartían opciones partidarias similares y por consiguiente, una sospecha y juicio hacia los/las que criticaban al partido y al gobierno. Esto beneficiaba a estudiantes que a pesar de no verlos en las aulas de clases, y de saber que matriculaban una asignatura por semestre, continuaban por más de seis años ocupando una silla que otro estudiante podía aprovechar.

En el caso de los docentes la estructura del sindicato y la lealtad partidaria implicaba una barrera en el momento de denunciar comportamientos de acoso sexual, abuso de poder y deficiencia docente; esto debido a que algunos docentes a los que se criticaba estaban en posiciones de poder dentro del sindicato lo que implicaba meterse en problemas con el cargo y de esta forma se imposibilitaba cualquier proceso de critica-reflexión del modelo educativo y las relaciones que se establecían a partir de este. Aun cuando varios docentes nuevos y antiguos entraban con el discurso de “todos aprendemos de todos” en la práctica los tres patrones previamente mencionados alimentaban sus acciones y metodologías.

Hubo momentos fuertes de tensión en el aula de clases que yo compartí con otras personas, ocasiones en las que tuve que levantarme y parar una clase para darle a conocer al docente que su comportamiento estaba siendo impositivo y autoritario, habían docentes con lenguaje misógino, comportamiento machista y violento a los que también enfrentamos. Se presentaron muchas oportunidades de rebelarnos masivamente ante los abusos, algunas veces el temor por las consecuencias y el cansancio de los manejos de privilegios entre los docentes versus los estudiantes, logran cansar a los chavalos y chavalas.

Por eso aprendí a no callar, no vale la pena quedar bien con alguien o con el sistema, a cambio de la dignidad, la libertad o los derechos; por más corrupto que sea el sistema de relaciones establecido en un espacio social; vale la pena alzar la voz, compartir tus ideas con otros y otras y construir a partir de los puntos comunes colectividad. A nivel individual podés mover cosas pero cuando te juntas con otros/as, por más que sean pocos se fortalece la propuesta. Fue así que logramos que una docente que establecía una relación irrespetuosa, adultista y autoritaria-chantajista con nuestro grupo de clase, ya no quisiera darnos clases, porque le hicimos ver que no estábamos de acuerdo con su forma de relacionarse con el grupo. No hubo cambio pero logramos hacer presión.

La corrupción y el sistema de privilegios construyen relaciones desiguales, delimitan el diálogo a un intercambio jerárquico, y no construyen ni aportan a la ampliación de ciudadanías, las coarta. Silencian a las dignidades y atentan contra los derechos y las libertades. Por lo tanto agradezco haber contado con un espacio corrupto, me motivó a entrenarme en la defensa de derechos y libertad de expresión. Por eso no callo, hablo claro y me defiendo. Esta fue mi experiencia, la comparto.

 

* Antropóloga social/Bloguera