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“No solo lo congénito, sino lo adquirido forma al hombre.”

J.W. Goethe

 

Intentando descifrar la esencia misma de la moral del ser humano, una empresa antes reservada a los poetas, artistas y filósofos, la psicología evolutiva ha irrumpido en ese escenario buscando la clave en el desarrollo mental del simio.

¿En qué consiste la moral simiesca? ¿Somos primates humanizados? El mundo antiguo casi ignoraba a los grandes simios. Desde Linneo se asoció al hombre con los primates. Hacia la mitad del siglo XVIII, Goethe, ilustre poeta y diletante naturista inspirado en -similitudes antropomorfas- un romanticismo científico pretendió salvar este abismo buscando las “facultades nobles” sin conquistar laureles.

Alrededor de 1780, el hombre encontró al simio en la densa floresta de Borneo: “homo silvestris.” Siglos después, Frans de Waal, primatólogo neo darwinista, en su libro El bonobo y el ateo ha buscado en los hippies del mundo primate –“el mono que llevamos dentro”— las raíces de la moral humana de esos “eventuales antepasados” incursionando en un tema filosófico, no empírico. ¿Hemos heredado de tales ancestros algo más que las ansias maquiavélicas de poder y esa violenta territorialidad? ¿Qué nos hace inhumanos?

De Waal pretende determinar que hay una moral evolutiva surgida de experimentos con chimpancés que responden a estímulos premio-castigo, reflejando una tendencia pro-social: empatía, reconciliación, altruismo recíproco, consolación y sentido de equidad primarias. De esto deduce que se puede crear moral de abajo hacia arriba sin involucrar a Dios y religión.

Su principal error consiste en restringir los pilares de la moral humana a la reciprocidad básica y empatía protomoral observada en experimentos animales. Eso lo deja ante una reducida posición socio-biológica: un determinismo genético especulativo. ¿Qué conducta es innata o aprendida? La moral en los seres humanos es más complicada y confinarla a esos resultados es erróneo. En verdad el humano es competidor, agresivo y asimismo cooperador pero también es creativo y su inteligencia supera cualquier comparación. Exceptuando lo sobrenatural.

La racionalidad absoluta y carente de emociones no existe en la realidad. Muchas de nuestras decisiones morales se toman de manera emocional -no racional- sin arrepentirnos. Somos seres sociales y espirituales que necesitamos a diario de la cooperación. Racionalizamos emociones y la fe modula las respuestas de nuestra naturaleza bipolar -amor y odio- alcanzando el equilibrio. Los animales no lo poseen.

Sucede que ha prevalecido cierto abuso popular de la teoría evolucionista – las formas simples de empatía se encuentran en todos los mamíferos— manifestado en un marcado desprecio por lo espiritual. Con aquel viejo y desperdiciado axioma de la lucha por la existencia de Darwin se intenta mantener al margen de la realidad en un claustro científico cuyas llaves permanecen en manos del raciocinio, a la fe ancestral de nuestros cuerpos con sentimientos morales.

Pese a nacer con un innato sentido moral –capacidad ética de Ayala— el hombre reflexiona sobre el bien y el mal y lo separa de las emociones invocando a un Ser superior con el que tiene una relación más allá de sus conexiones neuronales. Sin trivializar sus concepciones místicas descartándolas como simples emociones humanistas.

El poseer libre albedrío nos hace dueños totales de nuestro comportamiento. Algo que no está reñido con la Biblia aunque la ciencia quiere hundir sus raíces en la biología de las neuronas espejo.

En muchos casos cooperar resulta ser una mejor estrategia biológica que competir: no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti. Nuestros sistemas morales refuerzan en sí algo que ya es parte de nuestra herencia espiritual plasmada racionalmente y cuya interpretación bíblica es: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.

 

* Médico cirujano