Jorge Eduardo Arellano
  •  |
  •  |
  • END

María es una niña de seis años de edad que vive en la zona rural de Nicaragua. Tiene cuatro hermanos y hermanas y junto con su madre, que es jefe de hogar, pertenecen al 46% de la población en condiciones de pobreza. ¿Cuáles son las posibilidades de María de convertirse en una prominente abogada o en profesora universitaria? No muy altas y ciertamente mucho más bajas que las de Juan, un niño de seis años de edad que crece en la ciudad de Managua junto a sus dos padres, ambos con educación secundaria, trabajo y sólo una hermana.

Las oportunidades para estos dos niños son desparejas desde el inicio de sus vidas. Su realidad es común en muchos países de América Latina; a pesar de que la pobreza en la región se ha reducido gracias a 5 años de un crecimiento robusto y una política social más adecuada. Poco a poco --lentamente aun-- pero innegablemente, el porcentaje de pobres en América Latina finalmente comenzó a caer. Esto ha desplazado el debate de políticas, de la pobreza a la desigualdad, algo que cabía esperar en una región donde el 10% más rico capta el 40% de los ingresos totales, mientras que el 10% más pobre recibe sólo el 1%.

Hasta ahora, las discusiones sobre la desigualdad se han centrado en el ingreso, en parte porque nunca habíamos sido capaces de medir la desigualdad de oportunidades --en América Latina o en cualquier otro lugar--. Ahora, un equipo de expertos reunidos por el Banco Mundial ha elaborado un “Índice de Oportunidad Humana” (IOH), que capta la disponibilidad de oportunidades en un país y cómo éstas se distribuyen entre los ciudadanos.

Este índice, basado en datos que representan a doscientos millones de niños, abarca los últimos diez años y capta la cobertura de servicios básicos, tales como educación, agua, saneamiento, electricidad, pero también la equidad de la cobertura en los 19 países más grandes de América Latina. Estos servicios fueron seleccionados por su relevancia para la salud, la nutrición y la alfabetización.

El IOH establece qué grado de influencia tienen las circunstancias personales en el acceso que tienen los niños a los servicios básicos que son necesarios para una vida productiva. Mide la probabilidad de acceso de María al agua potable, alcantarillado (ambos esenciales para la salud), la electricidad (una necesidad para la lectura), o para completar el sexto grado, y estudia si el acceso se ve afectado de algún modo por su raza, la alfabetización de su madre, o por el sueldo de su padre.

El informe, que se hará público en breve, pondrá de manifiesto que entre un cuarto y la mitad de la desigualdad de ingresos observada entre los adultos en América Latina, se debe a las circunstancias que enfrentan cuando comenzaron su vida. Y si bien su raza, género y ubicación geográfica desempeñan un papel de relieve, ningún factor tiene un impacto más poderoso que la educación de la madre y el ingreso del padre.

El destino de los latinoamericanos aparece pre-determinado más que nada por circunstancias que escapan a su control, tales como el color de la piel, género y lugar de nacimiento o la riqueza familiar. Y quienes así perciben su destino tienen toda la razón: los resultados de esta investigación muestran que algunos “jugadores” entran al terreno con tarjeta amarilla antes de comenzar el partido.

El Índice de Oportunidad Humana añadirá una útil dimensión de análisis para los formuladores de políticas dirigidas a reducir la pobreza y la desigualdad. Podrán realizar un seguimiento no sólo de cómo les está yendo a los adultos en el mercado de trabajo, sino también cuáles serán las perspectivas de sus hijos. Así, al concentrarnos en los obstáculos que retrasan a los niños, se tratara de proporcionarles las oportunidades necesarias para triunfar, actuando antes de que sea demasiado tarde.

El índice contribuirá a decidir el mejor uso de los fondos públicos. Es evidente que las inversiones en los servicios básicos y la educación son fundamentales para evitar los costos que acarrean la pobreza y la tenaz desigualdad. Estas inversiones también ponen de manifiesto la urgente necesidad de contar con sistemas impositivos progresivos para financiar programas esenciales.

En este contexto, las intervenciones tempranas, desde revisiones prenatales hasta nacimientos profesionalizados y la nutrición de los niños, se vuelven más prioritarias, al igual que el acceso preescolar y un buen desempeño durante la educación primaria. En cambio, los subsidios generalizados utilizados por aquellos que nos los necesitan (la educación universitaria gratuita para los ricos, por nombrar sólo uno) se convierten en un despilfarro de oportunidades.

Al ampliar las oportunidades, los adultos del mañana tendrán más probabilidades de evitar la desigualdad sufrida por sus padres
Dentro de unas semanas se publicarán los hallazgos del Índice de Oportunidad Humana. La contribución es poderosa: colocar la igualdad de oportunidades en el centro del debate sobre pobreza, generando a la vez, nuevas ideas y herramientas para hacer frente a la obstinada desigualdad latinoamericana.


*Vicepresidente del Banco Mundial para América Latina y el Caribe.