Jorge Eduardo Arellano
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El 27 de octubre del año 2000 tuve la fortuna de conocer la ciudad española de Oviedo, capital de Asturias, donde recibí --con otros veintiún representantes de las Academias de la Lengua Española-- el Premio “Príncipe de Asturias”. Nuestra Asociación se lo había acreditado desde el 6 de septiembre del mismo año. Allí también, Felipe de Borbón entregó las insignias correspondientes a los laureados y nuestro “Gran Jefe”, Víctor García de la Concha --Director de la RAE--, nos persuadió ceder a nuestra hermandad lingüística la cantidad en metálico del reconocimiento para proyectos de investigación.

Al concluir sus palabras de estadista, el heredero de la corona hizo brotar lágrimas acompañadas de largos aplausos sonoros --tanto para él como para su madre, la reina Sofía, quien lucía en un palco-- a centenares de personas y personalidades congregadas en el Teatro Campoamor. Su Alteza --un espigado treintañero más alto que el rey Juan Carlos y oportunamente serio y sonriente-- resaltó el reinado de sus padres, a punto de cumplirse los 25 años de su inicio, “como español y como hijo”. Y al unísono, nos levantamos todos los presentes: invitados de 26 nacionalidades, autoridades nacionales y provinciales, múltiples periodistas y el selecto público que cíclicamente abarrota las plantas del Campoamor, forrado de terciopelo azul.

En su intervención, el príncipe condenó la locura terrorista. “No olvidamos ni olvidaremos nunca a sus víctimas” -proclamó como futura autoridad emblemática e histórica de todos los españoles. Y continuó: “Sólo se puede construir un futuro digno ensalzando lo que une y no ensanchando lo que falsamente separa; y siempre hay un lugar para el encuentro y el entendimiento entre los que anteponen el valor supremo de la vida al fanatismo del crimen”. A estas definitorias posiciones políticas, precedió la entrega de los diplomas y cheques (con el valor de cinco millones de pesetas) a cada uno de los galardonados del año 2000.

O sea: al cuentista guatemalteco, Augusto Monterroso (en Letras) y al célebre novelista y semiótico italiano Humberto Eco (en Comunicación y Humanidades); al Jefe de Estado, Fernando Cardoso (Cooperación Internacional), y al cardenal Carlo María Martínez, también italiano (en Ciencias Sociales); a los científicos --uno estadounidense, el otro francés-- Robert Gallo y Luc Montagner, quienes luchaban contra el Sida (en investigación científica y tecnológica); a la soprano nacida en Arkansas, Estados Unidos, y nacionalizada sueca, Bárbara Hendricks (en Artes) y a los directores de las 22 Academias del mundo hispanohablante, encabezadas por la española, y su excepcional director, Víctor García de la Concha (en Concordia).

De la Concha no habló en la ceremonia, ni el humanista Eco. Tampoco el par de científicos competidores. Quien más impresionante lo hizo fue la elegantísima morena --toda una hermosa soberana-- Bárbara Hendricks, quien llenó el escenario diciendo: “Son tiempos duros (los actuales). Tiempos de confrontación y de injusticias. Tiempos en que los dictadores se disfrazan con la falsa legitimidad de las democracias y aprovechan para prescindir del pueblo. Son tiempos en que los hombres y las mujeres deben ser fuertes y resistir. Y volver la vista al arte, particularmente a la música, que nos emociona y conforta”. Y enseguida lo demostró cantando una balada de esclavos --en inglés por supuesto--: la preferida por ella: “Sometimes I feel like a motherless child” (“A veces me siento como un niño huérfano”). La cantó a capella, con su maravillosa voz que asimila los dolores del blues y la autenticidad del canto espiritual. El Campoamor dejó de respirar.

Otras frases citables del regio acto correspondieron a las pronunciadas por el cardenal Martín y el entonces presidente de Brasil, Cardoso. El jesuita --que disimulaba un parkinson acariciando su crucifijo pectoral-- abogó por la necesidad del diálogo para la supervivencia y el desarrollo de las etnias y religiones, por “la defensa de la dignidad de la persona en cada país del mundo y en cada momento de la vida”, y por la defensa de la Tierra frente a las amenazas contra el medio ambiente.

Por su lado, Cardoso explicó que en el mundo de hoy, económicamente globalizado, “no existe un gobierno mundial, pero ya existen las víctimas de la exclusión del mercado”. La vulnerabilidad de los débiles es la música de fondo. Cardoso planteaba, como intento de solución, una eficaz y solidaria cooperación internacional. “Una cooperación entre personas que se preocupen por el ser humano concreto”. Y no eludió la miseria, las pestes, los crónicos conflictos bélicos, las hostilidades fundamentalistas, el encono xenófobo, la muerte.

De los oradores, como debía ser, el más breve fue “Tito” Monterroso. Brillante e irónico, agradeció la “valentía” del jurado al premiar a alguien como él, “alejado de los reflectores y del bullicio”, un nativo de Centroamérica --vio la luz en Honduras--, un cuentista cuyo mayor ideal había sido “ocupar media página en un libro de lectura de una escuela primaria de mi país”. Y puntualizó: “Acaso esto sea el máximo de inmortalidad a que pueda aspirar un escritor”. Monterroso no podía dejar de ubicarse dentro de la literatura que forma parte, a la que pertenecen el Popol Vuh (“el libro nacional de los quichés, mitológico y poético y misterioso”), Rafael Landivar y su Rusticatio mexicana (“el mejor poema latino del siglo XVIII”), José Batrios Montúfar (“cuentista satírico en verso, cuyas octavas reales vienen en línea directa de Ariosto y de Casti y cierra la literatura mundial en esta estrofa”) y Rubén Darío (“renovador del lenguaje poético en español como lo había habido desde los tiempos de Góngora…”). Tres herencias --resumió--: la indígena, la latina y la española que los escritores como él han tratado de merecer y de acrecentar.

Finalmente, una de las declaraciones de Eco en los periódicos valen la pena transcribirse. Ellas se explican por sí solas, pero confirman que el autor de En nombre de la rosa no sucumbe ante los prejuicios de los temerosos ni ante el infantilismo de los adictos. “Las nuevas tecnologías son como el whisky. Tomarse uno o dos es hasta bueno, pero beberse una botella es hasta superficial. El imbécil que se pasa todo el día en internet es un enfermo. Las tecnologías hay que utilizarlas de forma instrumental y de modo mágico”. Estas fueron las voces que reaccionaron en la entrega de los premios “Príncipe de Asturias”, hace ocho años, cuando tuve el privilegio de alternar con Felipe de Borbón, futuro rey de España.


jarellano@bcn.gob.ni