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La muerte es una frontera epistemológica, como un agujero negro en donde es inútil extraer información. El máximo enigma de la existencia: el silencio en un universo hecho de información donde lo inconmovible dialoga.

¿Qué le sucede a la conciencia sin el cuerpo? ¿Es un campo arquetípico que activa con la muerte la conciencia universal? Los físicos aseveran que lo espiritual y divino es una experiencia conceptual generada en el cerebro. Desde el siglo XIX, Gustavo Doré con su genial plumilla lo plasmó en su clásica litografía de la Divina comedia: Dante y Beatriz en el paraíso frente a una luz brillante emergiendo resplandeciente de un túnel fractal, rodeada de millones de ángeles.

En pleno siglo XXI, Eben Alexander, ex ateo y neurocirujano de Harvard revela una experiencia personal “común” (18%) en los seres humanos ante la muerte: “una luz que parecía emanar de un orbe brillante… naciendo a un gran mundo donde el universo era como un vientre cósmico gigantesco”.

Para los escépticos esto es “bazofia” causada por el daño meníngeo. La ortodoxia médica suele explicar con interpretaciones reduccionistas estos casos como simples alucinaciones originadas por la anoxia cerebral. Sam Harris opinó que su cerebro no estaba muerto.

En 2008, Alexander estuvo clínicamente muerto durante siete días debido a una severa meningitis bacteriana aguda. Los registros neurológicos lo demostraron. Pese al mal pronóstico médico (2%) sobrevivió. Cruzó la última frontera y regresó para describir el secreto que no debe ser revelado: “sí, la conciencia existe más allá del cuerpo.”

Esta experiencia lo hizo creer en la vida eterna ¿a un neurocientífico ateo? Así es. En su libro Proof of Heaven habla de una dimensión que nunca antes llegó a soñar que existiera: “en la eternidad el tiempo solo se sabe, en la Tierra lo vivimos. Sucedió fuera de mi cuerpo” La eternidad del alma y espíritu están lejos de las fronteras humanas, religiosas y científicas. Esas las establecen los hombres. No Dios.

Con categórica osadía confiesa: “estaba equivocado”. La mente nos protege de ver el más allá para vivir en este mundo “darwiniano” que lucha por la existencia. Trabajar, comer, enfrentar retos, sobrevivir en un mundo material en donde nuestro cerebro bloquea el acceso a otras creaciones. Nos tiende un velo que nos aleja de lo espiritual. De ese lugar donde no hay experiencias darwinistas ¿quién las necesita?

Nuestro cerebro consciente anula el aquí y ahora. Las memorias personales se nublan con el bagaje de memoria subjetiva pero no excluyen la realidad descubierta. Con cierto desdén, Alexander afirma: “En el siglo XX los científicos materialistas fuimos engañados por una visión epicúrea primitiva.” Raymond Moody, psiquiatra y experto mundial sobre el tema no lo duda: “un caso asombroso es la prueba viviente que existe vida después de la muerte.” Contrario a lo esperado en una comunidad científica apática a estas cuestiones, el debate sobre la vida eterna se reactivó.

A diferencia del rechazo científico al Einstein de las matemáticas, Alexandre Grothendiek –autor de La clefs des Songes o La llave de los sueños— quien ha escrito sobre la física del libre albedrío y su descubrimiento de Dios, sabe que lo han experimentado miles de personas que no siempre lo testifican por temor a ser tildadas de esquizofrénicos o extravagantes.

Su mensaje trasciende la ciencia, religión o espiritualidad. Tanto así que de continuo es invitado a brindar conferencias médicas en prestigiosas universidades para mostrarle al mundo que somos más que un cerebro físico. Existimos como la prueba de Dios.