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Hay divorcios a la italiana, como el de Marcelo Mastroani; divorcios a la mexicana, en Tijuana; divorcios en las Vegas, como las comidas rápidas: en menos tiempo que se comía una hamburguesa ya salían divorciados, pero te costaba una fortuna.

Hubo en San Juan del Río Coco un juez muy parecido al Quijote de la Mancha y tal vez con la sabiduría de Sancho Panza en la Ínsula Baratería.

El juez, mi suegro, casaba a una pareja y la anotaba en su libro de registro de casamientos. Había grandes celebraciones en el pueblo y todo el mundo gozaba. Con el tiempo venían las quejas y pleitos de algunas parejas, llegando donde el juez para que los divorciaran.

Don Toño, que así se llamaba mi suegro, los trataba de convencer de que dejaran de estar peleando, que volvieran a sus casas con sus hijos. Algunas parejas se reconciliaban, otras no, y volvían donde don Toño aduciendo que su matrimonio era un infierno.

Don Toño, apesarado al ver que ya no tenían remedio les preguntaba en qué fecha se habían casado; como fuese inolvidable, inmediatamente le recordaban la fecha. Efectivamente, ahí estaba la solemne acta del matrimonio ocupando una página entera.

“¿Estáis seguros de que no hay retroceso en su decisión?”, preguntaba. “Prosiga, señor juez”, era la respuesta. Entonces don Toño, muy solemnemente les decía: “Están divorciados”, rompiendo la página del libro.

Cuánta falta hace don Toño en San Juan.

 

sanenriquepadilla@hotmail.com