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No puedo parar, no tengo el ánimo para hacerlo, no sé frenar, no lo intento, podría ser mi falta de esfuerzo pero no, sigo sin entender; tengo a la vista una página en blanco e inmediatamente quiero llenarla de palabras.

Me provoca el asombro, el interés desmedido por acusarme, por descomponer retos y entrecruzar oraciones; por compartir lo que viene arrastrado detrás de la puerta de mi imaginación. Eso que viene arrastrado; a veces no lo sé; es que no puedo saberlo. Cómo imaginar un fantasma si no tengo en mis manos su máscara. Cómo inventar un mundo, si en el que vivo se me está cayendo en pedazos. Este mundo es una tumba con cara de oro flaco, desparpajado y sucio.

Aunque tenga dolor de cabeza o dolor de estómago, me salen las palabras del estómago con tanta fuerza como si fuera un vómito. Y después, no puedo encontrar esas mismas palabras en el aire, en la razón en harapos, en la hierba azotada por un perro callejero.

Por qué parar si la noche entra a mi memoria con sus juegos indómitos, con sus vértigos y estaciones de frívolas estatuas. ¿Alguien puede parar en medio de una huella que se cuelga de un cielo mordido por una ilusión limpia? Me levanto y confieso que las voces de una pared en llamas siempre me están buscando. ¿Un barco a la deriva me atropella los dedos?

Soy el que siembra un dardo en la cola de un gato. Un cantaor de lunas mutiladas; se me exige que sea perverso, que arranque flores a la mujer sin pestañas.

En la calle, un ángel lento se mete en los ojos de los caminantes y en los senderos rotos, ofreciendo joyas muertas. Un fuerte aguacero disimula su tristeza en la copa sorda de árboles de cedro. No todo está bien en la vida, que habita la ciudad con un carné vencido de forastero.

Tengo renuncias de maquinistas en mi brazo izquierdo, que se ha hecho tan común como un letrero abierto a balazos.

La ciudad se alegra como maíz tierno en los pechos tiernos de las muchachas infieles. La ciudad me ubica en el palco, con los vendedores de las sombras, con los sortilegios y las arenas movedizas; con los ladrones de flores entretenidas. La ciudad me traslada para condenarme con los diminutos ecos de la rutina.

 

* Poeta y periodista