Jorge Eduardo Arellano
  •  |
  •  |
  • END

El año en que yo nací, todo el mundo hablaba de la crisis. No había otro titular que compartiera tanto espacio en las noticias, salvo los que venían de la vieja guerra del Vietnam que estaba a punto de terminar. Así que en un año de guerra y de crisis por la subida del precio del barril de petróleo, fue un año especialmente curioso por la cantidad de gente que vino al mundo según he podido descubrir.

Otro dato curioso que se da en tiempos de crisis como el que estamos atravesando es que el índice de lectura sube, así como el de la compra de libros en los países más ricos. Es como si hacer y tener niños, y leer mucho fueran el viejo refugio ante el vendaval de la inseguridad, algo que el mundo siempre nos ha recordado, algo que el mundo dice siempre que puede: que todo tiene fin.

Pero la crisis de los países ricos, siendo dura para muchas personas cuyas familias dependían de un sólo sueldo, no es ni de lejos comparable a la que sufren los que en esos mismos países se llaman inmigrantes indocumentados (se va por fin dejando de llamarlos ilegales aunque los traten como tales). El otro día, llegó a una isla del sur de España una precaria embarcación con más de 300 inmigrantes abordo, la mayor arribada de inmigrantes en la historia. Y se teme que este récord sea superado en breve antes de que llegue el mal tiempo de la mar en invierno.

Si el precio del arroz sube en los países con subsidios agrícolas como los de Estados Unidos o Europa, un 50%, el mecanismo de esos mismos subsidios y las compensaciones amortiguan, aunque dañan, un golpe fuerte a esos llamados “consumidores” que a veces es tristemente para los políticos y empresarios sinónimos de ciudadanos, como si el derecho es sólo del que consume.

Sin embargo, que el precio del arroz suba un 80% en seis meses en países como Etiopía significa que se llenen a razón de 300 niños por semana algunos centros nutricionales del país, algunos de los cuales gestionan ongs, con niños al borde de la muerte, imágenes que todos guardamos en la memoria porque nos recuerdan a la misma Etiopía de los ochenta a la más antigua Biafra, la imagen del hambre más cruel y sin explicación de los ojos abiertos y el esqueleto de los niños africanos.

En América Latina es difícil observar hambrunas semejantes, en parte porque la mayor parte de la tierra del continente no se permite sequías tan prolongadas ni falta de crecimiento. Pero sí existe, como en Nicaragua una desnutrición crónica y preocupante que la mantiene como uno de los puntos calientes del planeta para UNICEF, junto a países como Haití.

Y si ustedes se fijan, desde que hubo una Cumbre en Managua sobre seguridad alimentaria, no sabemos al día de hoy, cómo está la verdadera situación en Nicaragua. Cuáles son los logros del programa Hambre O, cuáles las gestiones para solventar los problemas de acceso a alimentación de mucha gente en el interior del país, empezando por el Tuma o La Dalia, donde he podido ver en muchas ocasiones que realmente el hambre está y amenaza Nicaragua. Y cuando se dice hambre, que no es lo mismo que la enfermedad de la desnutrición, va mucho más allá de lo que la misma palabra significa. El hambre de contar siempre con la escasa porción de comida que apenas alcanza a cubrir las necesidades nutricionales del cuerpo de una mujer o un hombre que debe cultivar la tierra o realizar otras tareas para las que se requiere un duro esfuerzo. Y esa hambre que por ende alcanza a los pequeños, por lo general, numerosos que habitan esa casa.

Uno de los grandes problemas, como el del precio de los alimentos, (ya no digamos de la canasta básica, de la que es mejor ya ni hablar por no frustrarnos constantemente hasta la desesperación de ver cómo más de medio país no puede llegar ni a la mitad de lo que cuesta) está fuera de los discursos del día a día.

Por encima de todo, el acceso a la alimentación, a la salud y a la educación, seguido del acceso al trabajo y la vivienda, por encima de todo, a no ser que el rigor de la falta de democracia sea tan grave. Aquí está el dilema para las personas que aún quedan en Nicaragua y no se tienen que ir. ¿Cuántos son ya? ¿Alguien tiene una cifra real y verdadera de cuántos nicaragüenses han tenido que emigrar del país en los dos últimos años? Todo el mundo dice que son muchos, que son más. ¿Alguien tiene esa estadística de jóvenes de Chontales, Matagalpa o la misma Managua, que un día deciden irse a trabajar de lo primerito que salga en Estados Unidos, Costa Rica o España? Todo el mundo dice que son más, pero nadie da el número para no asustarnos.

A estas preguntas no se les ha dado respuesta con proyectos que rindan cuentas. Todo ha quedado relegado a una lucha entre un gobierno de acento autoritario y una oposición variopinta que sufre la obstrucción de sus espacios. Pero en esa lucha, se olvidan los grandes dilemas a los que desde la libertad tan deseada se debe al menos esgrimir ciertas respuestas. Y aquí no hablamos de izquierda o de derecha, aquí hablamos de hambre, de comida, de trabajo, de justicia. Y ni con la palabra izquierda ni con la derecha se soluciona. No hay más dolor para el poderoso que reconocer que no puede resolverlo solo y que tiene que contar con otros con los que no contaba para ello.


franciscosancho@hotmail.com