•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

Si nos atuviéramos literalmente a lo que en la tercera edición del Diccionario Médico, de Salvat Editores S.A., aparece como significado de lo que es una lágrima; a la que de la manera más simple define como “una de las gotas de secreción acuosa, incolora, de la glándula lagrimal”, nos sería realmente imposible entender la sublimidad de esas gotas salóbregas que han humedecido todas las hojas de la historia universal desde el inicio de los tiempos.

Si bien es una verdad sacramental que las lágrimas constituyen junto con la sangre los elementos esenciales que han impulsado con más fuerza el motor de la historia, tal como lo dejan apreciar entre otras lágrimas, las de Jesús en el huerto de Getsemaní cuando clamaba al Dios de quien se decía hijo: “Padre, si es posible, aleja de mí este cáliz, sin embargo, que se cumpla no lo que yo quiero, sino lo que quieres tú”; las lágrimas de Simón Pedro, después que al canto de los gallos negó por tercera vez a su Maestro; las de Boabdil, el 2 de enero de 1942, luego que derrotado en Granada por los Reyes Católicos, oía los reproches de su madre que le decía: “no llores como mujer lo que no pudiste defender como hombre”; las de Don Pedro de Alvarado, bajo las ramas del Árbol de la Noche Triste, después de haber provocado una horrible matanza de más de mil indios Mexicas; las del pueblo japonés al presenciar el 6 de agosto de 1945 la inmolación de más de doscientas mil personas convertidas en un infernal cono de fuego producido por las bombas atómicas que el Presidente Truman ordenó se lanzaran contra Hiroshima y Nagasaki.

A pesar de lo que dejo expresado, tengo que reconocer y admitir que no solo las lágrimas derramadas han impulsado las fuerzas telúricas del mundo, sino que, aun aquellas que solo humedecieron las pupilas sin llegar a rodar por los rostros del universo, significaron para la historia, tanto o más cuando no lograron convertirse en llanto y se quedaron únicamente humedeciendo los áridos caminos del alma. Las lágrimas que no llegaron a brotar de los ojos de Adán y Eva al ser echados por Dios del Paraíso; las de Abraham cuando, como muestra de devota disciplina se disponía a asesinar a su hijo Isaac para acatar las órdenes que le había dado Dios; las que no pudo derramar Judas de Iscariote cuando se ahorcó después de haber traicionado a Jesús; las que solo lograron empañar las pupilas de Julio César cuando después de la puñalada en el corazón que le había asestado Cayo Junio Bruto, solo logró preguntarle: “tú también hijo mío”; las que se quedaron únicamente nublando los ojos de Arquímedes cuando en el año 289 a.c. con una voz que aun resuena en el espacio reclamaba en Siracusa: “dadme un punto de apoyo y levantaré al mundo”; las que en los ojos de Protagoras de Abdera solamente quedaron confundidas con las palabras reivindicatorias que afirmaban: “el hombre es la medida de todas las cosas”; las que no alcanzaron a brotar de los ojos de Cuauhtémoc, el estoico más estoico de toda la historia, cuando sin un solo esbozo de queja o de lamento respondió a los quejidos y protestas de su sobrino, sometido como él al mismo tormento de morir acostado sobre una plancha de piedra sobre el fuego: “¿acaso yo estoy en un lecho de rosas?”; las que con amargura y profunda decepción velaron los ojos del General José de San Martín cuando en Guayaquil fue desairado por Simón Bolívar, después de pedir a éste que unieran sus ejércitos e hicieran una empresa común para alcanzar el éxito en las batallas que aun tenían que librarse para lograr completar la cruzada libertaria de la guerra de independencia; las lágrimas que se coagularon en los ojos de Abraham Lincoln mientras pronunciaba en Gettysburg, poniendo fin a la guerra de secesión, su discurso inmortal en el que, entre otras cosas, afirmó con un tono profético que “el Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparecerá jamás de la tierra”.

Las lágrimas que se quedaron humedeciendo los ojos del General Augusto César Sandino cuando en el momento de ser asesinado tuvo la plena conciencia de la maldad, la vileza y el engaño de quienes lo habían llamado a Managua para sellar la Paz de Nicaragua. Pero las lágrimas que el General Sandino contuvo con profunda amargura, no fueron sólo para poder ver mejor el cierre del capítulo de su vida gloriosa, sino también por los que lo han traicionado hoy, escarneciendo su nombre y su bandera y que pretenden cubrir sus deslealtades, la corrupción, siempre condenada por él, y las traiciones de los que dicen ser sus herederos y portaestandartes con la tradicional mentira que los mantiene desde hace mas de 30 años gozando del poder.

Las lágrimas que por su sacrificio y su entrega a la Patria Sandino se negó a derramar, las derramaría hoy a torrentes si pudiera darse cuenta de la deleznable situación que abate a Nicaragua, por la que vivió y murió, hundida hoy en la indignidad, la vergüenza y la ignominia a la que la han llevado sus dirigentes y delincuenciales líderes que atropellan los derechos ciudadanos, se apoderan en su beneficio de los dineros del Estado y prostituyen la Justicia. Sandino ya no es sandinista y abjuraría de todo lo que hacen hoy los “sandinistas” en su nombre.

 

Managua, 17 de mayo del año 2013.

 

* Abogado

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus