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Es evidente que la aprobación de la Ley 779, que tipifica los delitos que en lo público y privado se cometen contra las mujeres ha desatado la controversia que se esperaba, pues confronta un sistema de creencias fuertemente arraigado, que por siglos ha justificado el abuso de poder y la violencia en la familia y la sociedad.

Se han escuchado comentarios de jóvenes y hombres bastante descabellados: “Si me van a echar preso por una mujer, mejor la mato y que me echen preso con razón”, “por esta ley ahora van a morir más mujeres”, “esa ley fomenta el odio de los hombres”. Pastores evangélicos y obispos han manifestado que ha sido hecha contra los hombres y grupos radicales incluso la han llegado a acusar de violentar la constitución. Se ha creado una especie de movimiento anti Ley, a la vez que se demandan reformas que permitan la mediación en el caso de los “delitos menores”.

Lo que salta a la vista es que la cultura machista ha propiciado una especie de guerra de género al prohibir al hombre desde su infancia el desarrollo emocional sano y por tanto cualquier posibilidad de empatía con las mujeres; le ha alejado de la paternidad y de la afectividad. La guerra que el machismo propicia tiene su escenario en la familia que ha sido desde siempre el ámbito de la desprotección y la impunidad.

En este sentido, lo que la ley violenta, sin lugar a dudas, no es a los hombres sino al orden establecido por siglos, que ha ignorado el martirio que se comete a puertas cerradas contra tantas muchas mujeres y también contra tantos hombres, porque esos niños que han visto a sus padres golpear, asesinar, violar o en el mejor de los casos ofender, humillar y amenazar a sus madres, también son hombres y sus vidas han sido marcadas por esos episodios, aunque más tarde puedan repetir la misma historia.

El problema es que la Ley 779 está a años luz de las mentalidades que prevalecen en nuestra sociedad, y esa inmensa brecha entre lo allí escrito y lo que cree una amplia mayoría de nicaragüenses tiene que ser acortada urgentemente a través del debate público, la educación, el despertar de las mentes oscurecidas.

El machismo destruye tanto a los hombres como a las mujeres, etapa por etapa, a lo largo de su vida. Desde la infancia, cuando se le coarta el derecho a la libre expresión emocional o al llanto en la infancia, se le prohíben juegos que lo relacionan con la paternidad y la familia, pasando por la adolescencia cuando se le hace machito a golpe y porrazo, se le obliga a ser “peleón” para probar que es hombre, o se le empuja a beber y a una sexualidad promiscua para ganarse la aceptación de los otros, hasta la vida adulta, cuando debe “preñar” a toda mujer que pueda, irse con los amigos de parranda y dejar a la familia, y luego buscarse a otras que le vayan confirmando, a lo largo de una vida de degaste físico y económico, que sigue siendo “el rey”.

Cuando un hombre golpea a una mujer, nadie duda de su comportamiento machista, pero cuando mata a otro, nadie piensa que una de las principales motivaciones fue demostrar quién era más hombre. Claro que nacer hombre es un factor de riesgo en una sociedad donde se debe probar con la propia vida la masculinidad, o donde la masculinidad está condicionada a la violencia.

Por lo tanto una Ley que pone freno a este tipo de masculinidad enferma sin lugar a dudas beneficiará a toda la sociedad, al abrir un debate público sobre esta patología llamada machismo y sobre el fraude de hacerles creer a los hombres que esos roles les benefician cuando ciertamente les destruyen al empujarles a vivir una vida por decir lo menos desgraciada.

En este sentido la Ley no sólo es un instrumento para hacer justicia, es un medio para alentar el despertar de las conciencias oscurecidas por siglos de ignorancia, para humanizar la relación entre hombres y mujeres, para impulsar a las mujeres a evitar reproducir una y otra vez este modelo catastrófico en la crianza a sus hijos.

 

* Directora CEPREV

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