Onofre Guevara
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Si usted, por no creer “en valores de caballería”, no sabe cuándo ataca la honra de alguien, yo, que tampoco tengo esos “valores”, no acepto que se me ofenda impunemente. Sigue siendo “combatiente en el frente de las ideas”, pero sigue sin enterarse que, en “la realidad cruzada por la omnipresente lucha entre dominadores y dominados”, Daniel Ortega está entre los primeros, pero nunca recibe una crítica suya.

Sé de qué trató su “artículo publicado en END el /08/85/13/”. Usted insiste en que yo defiendo la democracia “sin precisar nunca” qué entiendo por democracia (…) la misma bandera del imperio” y “su furgón de cola, la Unión Europea e Israel”. Se enredó usted: me liga con la concepción de democracia de esas potencias imperiales, y asegura que yo nunca he precisado qué entiendo por democracia, pero se atreve a entenderlo por mí.

Usted mismo –viajando a la Grecia antigua— aprendió que democracia significa “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, y eso ya es un lugar común. Pero lucho por esa democracia, porque aquí nunca la hubo, menos que la represente Daniel Ortega ahora. Y seguiré ocupándome, de forma primordial, de criticar aquí las violaciones a la Constitución, el robo de los bienes públicos y la falta de libertad para escoger presidente en elecciones limpias. Si en otros países se tiene otra concepción y otra práctica de la democracia, dígalo usted, que yo lo hago cuando quiero, y sin tener la obligación de uniformar mis ideas con las suyas.

Lo que ocurre en América Latina y en Venezuela, nunca ha recibido una crítica mía, sino algunos actos de sus líderes. Pero usted por eso me liga con los enemigos de sus procesos revolucionarios, lo cual le hace caer a usted en la demencia, porque es tan absurdo como si yo le acusara de ser corresponsable de las violaciones constitucionales de algunos de ellos, por no ser usted crítico de su gobierno.

Si por mi posición a usted se le sigue antojando llamarme “uno de los ideólogos connotados” del “sector social que se autodefine como demócrata o defensor de la democracia”, es cosa suya. Pero fíjese en la diferencia: yo critico al adversario ideológico aquí, de frente, pese a todo el poder que tiene y con el que nos priva de nuestros derechos democráticos –sean estos de origen griego, o del cielo—, mientras usted solo ataca a los adversarios extraterritoriales y guarda silencio frente al abusador local.

Como todo lo que se refiere a mí, usted lo tergiversa, afirmo que: a) nunca me he considerado un ideólogo, pero desde Barricada defendí la revolución sin caer en el servilismo ante nadie; b) no salí resentido de Barricada porque me hayan despedido, sino que renuncié –lo que Tomás Borge quiso evitar (cito como testigos, aunque nunca van a declarar a mi favor, a Lumberto Campbell y Mayra Reyes)—; c) desde 1994, un año antes de salir de Barricada, yo había firmado el documento del Movimiento Renovador Sandinista, sin temerle a quienes se creyeron dueños del periódico, del Frente y del país.

Mala psicología la suya al llamarme resentido y obsesionado contra Daniel Ortega, al mismo tiempo que calla ante su verdadera obsesión con el poder político, tanto, que ha violado como ha querido las leyes y la Constitución Política, la cual, si no es sagrada –como nada lo es en política—, guardarle respeto es el deber de quien se cree su presidente, aunque no sea legítimo. Si por criticarle eso, me considera resentido y obsesionado… me reservo el derecho de calificar esa actitud, por el respeto que usted y el público, merecen.

Yo tendría que ser “planificador económico, historiador y sociólogo”, para poder creerme con el derecho de adivinar lo que otra persona piensa, y atacarla cuando no logre hacerla pensar como pienso yo. Y nunca he dicho que usted ha adulado a Ortega, pero es verdad que nunca le ha criticado, pese a que sobran razones para hacerlo.

Esa frase, “compañeros de viaje”, es prestada al anti comunismo, pero no la creo mala, porque usted y yo, fuimos compañeros de viaje. Y le felicito por sus tres profesiones universitarias, el dominio de cuatro idiomas, etcétera, etcétera, etcétera. Desperdicia usted esa sabiduría acumulada, porque le hace un ciudadano ideal para combatir las aberraciones de cualquier gobierno, y no lo hace.

Una sugerencia: si entre los idiomas que domina no está ninguno de los chinos, aprenda mandarín, y escriba una crítica contra este régimen autocrático… que nadie lo entenderá y, por ende, no correrá peligro.