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Nunca he visto publicado que en el verano de 1961 quien era entonces el astro de la canción romántica en Latinoamérica –Lucho Gatica– estuvo en Poneloya, León, cantando. Yo estaba alojado en una casa de solteros donde se consumía el licor por cajas y fuimos a oírlo cantar en una cancha de basket con el auditorio de pie.

De ese grupo recuerdo a Reynaldo Morales Bermúdez y al diplomático costarricense Román Ortega Castro. Oíamos cantar embelesados al chileno de “Paisajes de Catamarca” cuando se nos acercó Julito Blandón hijo y se unió al grupo de los managuas que estábamos ahí. Y al finalizar, ¡bingo!, Julito tuvo la gentileza de invitarnos a una fiesta privada en la que estaría el Presidente René Shick, y Lucho Gatica.

Previa normalización de la temblorina con un round de un cuarto de aguardiente por cabeza, llegamos puntuales a la hora de los coktails y ahí estaban el Presidente, don Julio Blandón, don Clemente Mántica Reñazco, “Manzanita”, don Julio Berríos, más amigos cuyos nombres no recuerdo, nosotros los chavalos y Lucho Gatica.

Tarde inolvidable nunca evocada hasta hoy, que yo recuerde. Oímos a Lucho cantar durante horas en privado especialmente “Sinceridad” –canción nuestra de nuestro Rafael Gastón, que lo hizo más famoso–, y los vimos departir con el Presidente, con sus amigos y con nosotros. Hay fotos que hizo Clemente; prometió que me regalaría una pero la siempre injusta muerte lo atrapó muy joven.

Lucho Gatica era para los chavalos de los sesenta un ícono, pues sus canciones eran himnos de amor. “El Reloj”; “La Barca”, del también famoso Roberto Cantoral, “La Enramada”, “No me Platiques Más”; “Obsesión”, “Yo vendo unos Ojos Negros” “Los Ejes de Mi Carreta” se oían profusamente en las radioemisoras nacionales. Quizá ningún cantante suramericano como él irrumpió en el nacionalista cielo del arte mexicano con tanto ímpetu y preferencia. Astro de la música romántica unos 25 años.

Ese año –1961– yo era novel funcionario de la Cancillería. Cuando Lucho lo supo me informó que su pasaporte tenía un inconveniente –no recuerdo para nada qué era– y que le pediría al Presidente si podía ayudarle. El Presidente lo escuchó, de inmediato redactó una orden para las autoridades de Migración y me comisionó para que el lunes posterior yo fuera a arreglar el inconveniente. Lucho estaba en un Hotel de Managua y yo, con el peso de los desvelos, los enanos que perturban, y la temblorina, fui -cumplidamente- a las oficinas de Migración a resolverle al famoso chileno.

En Migración quien debía atenderme era un grosero oficial que solía ordenar que sus visitas no se acercaran más de un metro de su escritorio. Le dije que llevaba una orden del Presidente y entonces de inmediato me atendió, pegado a su escritorio. Yo era un plenipotenciario. Resuelto el problema fui al hotel y Lucho me estaba esperando con su sonrisa franca, el cabello azabache, su copete a la derecha. Nos despedimos; nunca más lo he vuelto a ver. Con él, una cerveza ártica me trajo a la normalidad.

“Te queremos mucho en Nicaragua, volvé pronto” le dije. Vi que sus ojos se enrojecieron un poco. Quizá recordaba Catamarca: “…un camino aquí… otro más allá… y un camino largo que va… que se pierde…” Es que al hombre que anda trabajando lejos de su patria, hay que comprenderlo y ayudarlo. Y si es artista, más.

 

* Periodista y abogado