•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

En 1999, en una encuesta realizada por el American Film Institute para elegir las 50 figuras más grandes de Hollywood, Humphrey Bogart ganó el primer lugar. La actriz premiada fue Katherine Hepburn, su compañera en la película La reina africana.

Lo curioso es que Bogart no era alto. Ni bien parecido. Su cara no coincidía con los patrones de perfección de Hollywood. Su voz no era lo más propicia en el cine de aquel tiempo. Para colmo fue un eterno rebelde y nunca enchufó con una industria para la cual los actores, incluso las estrellas, eran solo piezas de un engranaje bien aceitado. Poseía sí algo imponderable. Una mezcla de talento y tenacidad, de audacia y astucia, de intuición e inteligencia que le permitieron triunfar pese a todo.

El estilo cínico y moralmente dudoso de sus personajes, el perenne cigarrillo entre los dedos y su condición de galán poco convencional son los rasgos más recordados de su filmografía. A través de sus personajes Bogart colaboró en delinear un paradigma perdurable. El detective duro, justo, personalista, capaz de gestos de libertad temerarios ante cualquier poder arbitrario.

Casablanca es la película que afirmó para siempre la fama de Bogart ubicándolo en el rol que con variantes sería su papel más constante. El héroe algo quijotesco, aferrado a códigos morales propios pero capaz de violar a cada paso las normas cuando no las considera justas. El hombre solo en busca de su destino. El individuo contemporáneo con su angustia soterrada a cuestas y su dureza aparente asumiendo su aventura existencial. Haciendo referencia a su actuación en ella lo calificaron mejor que a los personajes de Hemingway.

Previamente hay una serie de films en que tuvo que hacer de villano. Entre ellos destacan El bosque petrificado, con Leslie Howard y Bette Davis, donde encarna a un asesino acosado y Callejón sin salida interpretando a un gánster duro.

Luego sigue el rotundo éxito de Casablanca y llegaron para él, aquellos papeles en los que se sintió a sus anchas. Les dio rostro, porte y alma a varios protagonistas de la novela policial. Desde Sam Spade en El halcón maltés hasta el Philip Marlowe en El sueño eterno. En especial el detective privado creado por Chandler, que permanece fiel a su destartalada oficina de Los Ángeles contra viento y marea. Cobrando invariablemente 25 dólares más los gastos cualquiera que fuera el caso a atender. Los personajes se correspondían en todos los aspectos con la manera de ser de Bogart, algo anárquico y bohemio, rebelde y personalista; intransigente y casi puritano en la defensa de ciertos principios y poco amigo del gregarismo tradicional.

Sus actuaciones fueron en blanco y negro. El actor presentó en la pantalla el costado transgresor, “políticamente incorrecto”, del héroe clásico norteamericano. Bogart hizo agregar al guión de Casablanca alegatos antifascistas y alusiones a la Guerra Civil de España, favorables a la causa de la República. Pero también, años después, en los albores del macartismo, luego de haber ido a Washington con otros actores de Hollywood a defender a colegas acusados de actividades antinorteamericanas. Levantando la bandera de la Primera Enmienda de la Constitución de Estados Unidos que defiende el derecho de cualquier ciudadano a no hacer declaraciones acerca de sus convicciones religiosas o políticas. Pero terminó aceptando las supuestas razones del gobierno contra los caídos en desgracia. Sin embargo, gracias a su rebeldía ante la Warner Bross (para la cual trabajaba), abrió brecha al respeto por la dignidad del actor y de la labor creativa en la industria del cine. Una de cal y otra de arena.

 

* Docente