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Qué tiempos aquellos. Me imagino cualquier tarde de verano, sentado frente a la roconola del Restaurante El Trébol en Carretera Norte, con varias monedas en el bolsillo, seleccionando música romántica en español o en inglés, con una cerveza en la mano y un grupo de amigos contando chistes, recitando poemas, algunos ya borrachos, tarareando las canciones, gritando felices hasta que el cuerpo aguantara y esperando que el día agonizara.

En esos tiempos, por fortuna, las gramolas, como también las llaman, se convirtieron en máquinas cargadas de discos que se pusieron de moda en bares y cantinas locales para ambientar las tertulias. Eran como cajas de Pandora que al abrirlas nos transportaban a la música, el lenguaje universal del tiempo. Solo bastaba introducir una moneda y seleccionar la canción de tu preferencia y la magia se concretaba. Inmediatamente, el pequeño disco de 45 revoluciones salía de su archivador, caía en un tornamesa y la finísima aguja comenzaba a acariciar el acetato, generando inmediatamente la música esperada.

Recuerdo que podíamos pasar toda la tarde y la noche, dependiendo de cuánto dinero tuviéramos, metiéndole moneditas a la maquinita como si fuera una alcancía, y nos apropiábamos de ella hasta que nos corrían del lugar o nos emborrachábamos.

Cuántos noviazgos no se iniciaron frente a una roconola, mientras caía el disco y venía la cerveza, y de pronto se escuchaban los Bee Gees con aquellas canciones que en la década de los ochenta cortaron el aliento de mucha juventud enamorada, como Fanny be tender with my love o Love so right, solo para hablar de algunas canciones en inglés que eran las más solicitadas en emisoras y bares locales.

Pero si no era tan fan de los Bee Gees o de Elton John la caja le ofrecía un variadísimo menú en el que podía encontrar desde canciones de la Sonora Matancera, The Platters, Mario Quintero, Marco Antonio Muñiz, Vicente Fernández, Julio Iglesias, Camilo Sesto, Rafael, hasta Pink Floyd y el rock más pesado de la época. El menú satisfacía todos los gustos: afilaba las navajas de los acabangados, seducía a los deprimidos, relajaba a los alegres y hundía en un mutismo casi autista a los románticos y conservadores.

Estas máquinas no solo alegraban o entristecían a nuestros amigos bohemios, sino que también estimulaban a que algunos poetas ya eufóricos, se subieran a las mesas a imitar a sus cantantes preferidos. Recuerdo al inolvidable poeta Álvaro Urtecho, quien imitó varias veces a Rafael Marcos Sánchez, el bardo de España, como él lo llamaba, y lo hacía de una manera tan espectacular que siempre creí que además de un excelente escritor era un talentoso actor de teatro. Y cuando se aburría de Rafael, imitaba a Camilo Sesto y a Julio Iglesias, ofreciendo un show que le imprimía un final feliz a nuestras tertulias citadinas.

También había otros poetas y amigos menos desinhibidos que degustaban de la música con aire melancólico. Cada canción que escuchaban les traía el recuerdo de una novia abandonada, de un romance inacabado, de una vida ya vivida, hasta que al final no sabíamos si se emborrachaban de tantas cervezas o de tanta música que habían oído.

Durante la década de los ochenta y principios del noventa fui un devoto de las roconolas. Siempre buscaba un bar o la cantina donde hubiera una para lidiar con mis demonios. No era un bebedor feliz si no me embriagaba junto a una gramola. Tarareaba a José José, José Luis Perales y toda esa música que algunos calificarán de cursi, pero que es pura poesía popular.

Fue precisamente frente a una gramola El Abuelo, cantina desaparecida a finales de los ochenta, donde conocí a varios amigos inolvidables y examigos por el devenir de algunas circunstancias. Entre canción y canción me sentía poeta, constructor de sueños, arquitecto de mi destino y un montón de palabrerías que hoy considero irrelevantes. Ahora estas máquinas han desaparecido de la mayoría de bares y cantinas. Han sido sustituidas por grupos musicales, discomóviles y por la tecnología de punta de los DJ que generan unos ruidos que invitan al suicidio.

Aunque la otra vez, no recuerdo dónde, me encontré para mi sorpresa con una roconola moderna que en vez de sonar los discos de acetato, ya extintos, sonaba CDs. Es cierto que el audio era superior, pero el encanto se había acabado. Aquella aguja finísima rozando el acetato de mi disco favorito había desaparecido de esa máquina para quedarse empotrado para siempre en la roconola de mi memoria.

 

* Escritor y periodista.

felixnavarrete_23@yahoo.com