Edwin Sánchez
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La foto de un niño rubio en el portal de la página de un carismático líder de la última promoción de televangelistas, podría pasar como un anuncio más, si acaso se tratase de un país nórdico. Pero Guatemala es un país del sur y con una mayoría de pequeños quichés y cakchiqueles que bien podrían aparecer en las portadas virtuales de una supuesta iglesia de Cristo.

El templo, de donde es el niño de la foto, es una estructura edificada precisamente para reforzar  la  “visión” del predicador, lo que recuerda a la edad del oscurantismo, cuando florecieron las monumentales iglesias para que los hombres se dieran cuenta de lo pequeño y efímero que eran frente a los colosales administradores de Luz y Fe.

En ese impresionante edificio no hay rostros indígenas ni creyentes con la indumentaria maya, o por lo menos las cámaras se cuidan de enfocarlos, no vaya a ser que rompan la armonía de luces, prédica y elegancia arquitectónica. El programa televisivo se ajusta, por lo visto a los de cualquier emisión “mundana”: la pantalla chica se hizo sólo para la gente de buena presencia.

Puede ser que alguno haya pensado ¿y es que los de color quebrado no serán enfocados por las cámaras del “Reino de los Cielos”? ¿Hasta para poder salvarse de las llamas del infierno hay que hacer un casting y contar con dominio escénico?

Bueno, al menos en esta supuesta embajada del Reino de los Cielos no se nota ninguna persona que provenga del tronco original maya quiché. La imagen del niño rubio, casi una versión evangélica de los retablos católicos, donde sólo aparecen angelitos, de ojos verdes,  gorditos, cheles y en pañales diseñados por Gianni Versace, me pareció irreal, a menos que el indio deje la piel del “pecado” por la blanca del perdón.

El apartheid en las iglesias es una constante. En cierto país, los “cristianos” mandan a los latinos a iglesias con pastores del mismo color e idioma. También está documentado el financiamiento de los mega-evangelistas que bendicen tropas para derribar gobiernos extranjeros.

Si un día Jesús se apareciera en la iglesia del televangelista guatemalteco y repitiera su célebre frase “dejad que los niños vengan a mí”, ¿el pastor le buscaría niños rubios, con ojitos rubios y dientes rubios?, como le cantaría Rubén Blades.

Los extremos, por naturaleza son malos. Por decenios los misioneros norteamericanos incentivaron en nuestras tierras un culto a la desgracia como única forma de alcanzar el Reino de Dios, y que tumbar gobiernos corruptos o pensar en cómo salir del tirano de turno era un pecado que no podría ser saldado ni en esta vida ni en la otra.

Claro, el Tío Sam, protegía a estos “paladines de la democracia” y no había que meterse con ellos, “porque toda autoridad es puesta por Dios” y asunto resuelto, no importa si también apoyemos esa falacia absoluta con una cita bíblica incompleta. En la actualidad, los líderes de Luz y Fe pueden hacer causa común con la derecha más ultraconservadora.

Hoy hasta se han vuelto en asesores de imagen del mismo Jesús, despojándole del fondo de su contenido por una doctrina que cada día parece elaborada por los “teólogos” del FMI y con un toque mágico al estilo del creador de Mickey Mouse y no del Creador de los cielos y de la tierra.

Yo no escucho una palabra de profeta al estilo de Juan El Bautista o del mismo Elías, en estos tiempos. Estos predicadores jamás mencionan que Jesús no fue un respetuoso hasta la lisonja de los títulos reales del poder. Cuando se refería al Rey Herodes, decía:  “Ve y dile a esa raposa – zorra--”, Lucas 13:31. A los religiosos que compartían el sistema los describía sin respetar ningún protocolo: “Sepulcros blanqueados por fuera, pero por dentro son llenos de inmundicia”.

Los ángeles de Luz y Fe aparecen por todos lados. Su mensaje puede emocionarnos. Pero Dios nos ha revelado su principal carta bajo su manga para no seguir los falsos caminos: la Biblia.

La última corriente de Luz y Fe no es el culto a la pobreza, sino a la súper prosperidad. Son los Mc Patos de hoy sólo que aliados con los Chicos Malos del mundo para reducir  a las Sagradas Escrituras como cualquier cuento de hadas.  

Yo seguiré creyendo en el Cristo de Israel, único salvador y mediador entre Dios y los hombres. Y si no voy a una iglesia atiborrada de imágenes, ¿por qué voy a seguir al Jesús de historieta que presentan muchos pastores, como si el Hijo del Altísimo fuera un personaje más de Walt Disney?